No es que de repente
supiera ser feliz.
Tal vez
solo se trata
de que una mujer
maravillosamente hermosa
por las noches me diga:
“Te quiero”.
Y eso cambia la vida
de cualquiera.
Ella,
que respira agitadamente
cuando está en mis brazos,
que responde con poesía
cada uno de mis poemas.
Que me acompaña
durante madrugadas eternas
entre planetas,
estrellas,
insomnio,
historias de dolor
y de risa,
hasta que los ojos
se nos cierran.
Ella,
que sabe andar sola
a diario por la vida,
que juega
a convertir el dolor en motor,
que me desarma
con unas cuantas palabras.
Ella,
que cuando cierro los ojos
aparece
también como motor,
como ese espíritu
que me zumba en el oído:
“Abrázame, bésame,
desaparece el pasado
para que ya nunca
nada nos vuelva a doler.”




Deja un comentario