El frío contra el rostro
ya no congela.
Sentirlo
es sentirme vivo.
Hoy las lágrimas
resbalan sin dolor.
Son melancolía exprimida,
saben a pasado,
se extravían
entre árboles secos y nieve.
El insomnio
se hizo
un simple desvelo.
Tu piel hoy es erial,
entre mis manos,
al igual que tu recuerdo.
Dejé de caminar
al lado de quien da tumbos
y, mientras cree que vuela,
solo se revuelca
en lodazales de autoengaño.
Abro un nuevo camino,
paso por paso.
Aún queda un poco
de tu lodo resbaladizo.
Cuido no volver a caer,
ni embarrarme
de la inconsistencia de tus días,
de tu intermitencia
que todo nubla.
Hoy viajo solo,
sin temores,
sin más manos
que mis manos.
Mis pies
dejan apenas leves huellas
que ya no vuelvo a mirar:
se borran,
se extravían en la maleza
de lo ya andado.
El adiós es ese barranco
que se hace más profundo
tan solo con mirarlo.













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