Hay inviernos
que no se van con los equinoccios,
que se quedan
para siempre en el alma.
Como un pedacito de hielo
atorado
entre las paredes celulares,
una estrella glaciar
fija junto a la luna.
Y aunque el mundo gire,
se incline
y juegue un poco con nosotros
con algo de sol
y florecimiento,
algo queda
de lo que fuimos.
No marchito.
No muerto.
Sino como escarcha
corriendo
por las venas.
Cambiarán los días
y llegarán personas.
Algunas
serán primavera.
Otras
verano.
Muchas
invierno.
Y muy pocas
—mis favoritas—
las que son otoño:
las que brillan diferente,
saben arder en el frío,
brillar
como esos árboles dorados
que a mitad de octubre
se desprenden de sus hojas
hasta tapizar los campos,
sabiendo que todo
volverá a renacer.




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