Hay días,
pero sobre todo noches,
en que te invento
a mi lado,
almohada-torso.
Recojo algunas estrellas,
con nubes de fieltro,
y las dispongo
sobre la sábana
para crear tu silueta.
La más brillante
forma el lunar
que está
sobre tu boca.
Otras
trazan el camino
de tus labios
hasta tu pecho,
que tomo entre mis manos:
una constelación
de piel desnuda.
Me quedo contigo.
Tal vez un rato,
tal vez meses,
desde mi soledad,
que dejo abandonada
en algún rincón
de mi vía láctea.
En ese instante
sabemos
que nada queda,
que nadie nos espera
Solos tú y yo,
sucumbimos
ante nuestro propio
Big Bang.




Deja un comentario