He descubierto apenas el sabor de tu piel
la forma y la textura de tus labios.
Recientemente encontré,
casi sin querer,
como se sentía tu cuerpo entre mis brazos
Hace unas cuantas noches
te hallé frente a mi
entre whisky y vino blanco
inmersa en tus palabras
extraviada dentro de un sueño
escondida en tu propia mirada
Esa noche apenas volví a reconocer
el suave tacto de tu mano en la mía
Cuando la noche casi concluía
fue cuando nuestros ojos
se quedaron fijos
mirándose
dudando,
agonizando,
atemorizados
justo en ese instante decidimos,
pese a recién encontrarnos,
hacernos olvido,
por lo que me tomé unos días
con la tarea de olvidar,
olvidar tu cuerpo,
que dejé tendido y callado entre mis brazos,
me prometí no pensar en tu mirada
por lo que oculté tus ojos entre las palabras.
Todo el recuerdo acumulado
en nuestras manos
se quedó oculto bajo la ropa
Nuestra boca,
y aquellos labios que buscaban
y encontraban,
se los regalé
a tu calle, a la noche
y a todas las madrugadas
Pero entre tanto olvido
la infinita blancura y el sabor de tu piel
se me perdieron entre tantos besos
Tu último beso, ese beso infinito
que concluía e iniciaba
una y otra vez repetido,
ese lo extravié
dentro de un sueño
en la profundidad del inconsciente
en ese rincón
en donde viven los secretos y la esperanza
justo en el rincón
en donde se fabrican los sueños.
Así, en la memoria
quedaron olvidados y enterrados
nuestros cuerpos
apartados
apretados
uno contra otro
dentro de un féretro blanco
bajo el epitafio:
«Aquí yace lo que una noche existió»
Eduard Monch


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