Justo a esta hora, hace cinco meses,
yacías desnuda,
gestando una nueva vida,
justo en una cama ajena.
Así que, esta vez, y cual poema 20,
tal vez sean estos los últimos versos que te escriba,
o quizás solo sean los últimos
que mencionen
tu concepción divina,
esa que decidiste, sí, decidiste,
porque los errores no existen
cuando te quitas la ropa ante un extraño.
Aquella tarde-noche
elegiste concebir una nueva vida,
y no hablo del embrión ni de esas cosas;
hablo de engendrar
una vida totalmente nueva para ti
y otra, completamente distinta para mí,
que terminaría depositándonos
lejos el uno del otro,
apartados,
cada quien pagando sus facturas.
Esa vida que procreaste en los brazos de otro,
con un beso de despedida
que sellaba la traición,
mientras San Cosme
ayudaba en el parto,
viajando en un taxi
que te conducía a lo más oscuro de nuestra existencia.
Así nacía,
en la madrugada
posterior al 13 de junio,
desde las entrañas más profundas de la mentira,
dabas a luz aquella vida,
que salió
rebotando por los pasillos,
azotando puertas,
entre gritos y negaciones,
sin saber cómo andar,
entre llantos
y un miedo incontrolable
por enfrentarse al mundo,
a ese mundo en que la lanzaste
ya sin el abrigo mutuo;
sin amor,
porque el amor ya había partido
tiempo atrás
cuando empezaste a pararte
en las puntas de tus pies
para alcanzar otros labios,
y me olvidaste bajo la lluvia,
dándome la espalda
para clavar tus ojos en tu nueva ilusión.
Hoy, aquella vida que daba traspiés,
que aprendió a hablar sola
y usó lancetas para despegar sus ojos,
ahora ya camina,
come, se alimenta y vive.
No sé si es feliz; no creo que aún lo sea, pero al menos vive.
Tal vez aquel trágico 13 de junio
se quedará por siempre
como ese recodo,
esa vuelta inesperada
en que, en otra cama,
iniciaste la gestación
de nuestra nueva vida.
Edumonch



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