Los sueños pueden durar años,
pero al final
parecen tan solo unos cuantos días
en la historia lineal de la vida.
No puedo distinguir si dormía,
si aquello fue parte de la realidad
o si la realidad es ahora una pesadilla.
Lo malo de cumplir sueños
es que la voluntad se hizo a la idea,
se acomodó en un sillón
y me observó jugar a vivir
con ilusiones como canicas.
Las lancé a la tierra,
queriendo sustituir otras,
golpeando una contra otra.
¡Traz! ¡Traz!
Intentando acertar
en aquel diminuto hoyo
al centro de un cuadrado en la tierra,
llamado felicidad.
Un día, luego de años,
desperté y descubrí
que el otro lado de la cama
se había vaciado,
que las ilusiones
se evaporaron,
como sudor nocturno
y mis dedos ya no tienen canicas.
Los juegos se quedaron en la infancia,
entre ensoñaciones se quedó tu piel
junto con aquella que fuiste antes de hoy.
Ahora los sueños necesitan terapia,
mi cabeza, Prozac;
mi cuerpo, tequila y cerveza.
Para poder tragar de golpe
esta nueva pesadilla
llamada realidad.




Deja un comentario