Hoy paisajes inconclusos
en los que se pierde el horizonte,
heridas como minas profundas
que no fueron escarbadas,
sino dinamitadas,
vetas de oro y plata
derrumbadas hasta lo más hondo,
inalcanzables.
El alma, entonces,
terminó abandonada
entre túneles oscuros,
inundados por lágrimas,
en los que toda riqueza
se perdió para siempre;
ni la vida,
con sus mil intentos,
logró drenarlos.
Entre sus paredes de roca
habitan aún los fantasmas:
gemidos de recuerdos atrapados
tras los derrumbes,
ocasionados por la codicia,
la codicia del amor.
El amor se oxidó,
sobre la veta de hierro,
adherido a la roca
manchando todo de rojo,
como la sangre que derramaron mis dedos
al escarbar sobre tu piel,
tu piel ya ultrajada
por otras manos;
y yo, aún queriendo alcanzarte.
Y allí, en la oscuridad profunda
de mis propios túneles,
terminé perdido,
incapaz de retenerte.
Te perdí.
Me perdí.




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