El frío quema los pies,
entorpece el andar,
hace arder las manos,
y, entumecidas, dejan de retener.
Llego a este lunes de enero
con cicatrices aún sangrantes,
pus en las heridas,
astillas de desamor clavadas.
No es el helado invierno
ni el paso de diciembre por mi cuerpo;
es el eco del olvido
que rebota en mi cráneo,
la soledad y la tristeza
acomodadas al otro lado de mi cama
durante tantos meses.
A lo lejos,
en el calendario,
vislumbro el cobijo de la esperanza.
Sé que llegará el calor,
que cada herida será cicatriz,
que cada noche
será más liviana,
sin el peso de tu ego sobre mí.
El lunes ruge con ruidos de autos,
gatos que maúllan,
perros que gritan.
Son parte de la resaca de la vida,
por los años escurridos
en el desagüe pestilente,
por los días repetidos
una y otra vez,
con mis lágrimas tragadas
y tantas palabras atoradas.
Blue Monday,
final e inicio,
amargura y miel.
Emparedo el pasado
entre losas y hormigón,
con la mirada fija
en una habitación vacía
que, poco a poco,
se llena de calor.




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