Se precipitó
inevitable
por el desfiladero profundo,
con el mar azotando
la piel desgarrada
contra el filo angustioso
de las negras rocas.
El océano, su cuerpo quebrándose
noche
grasnidos
viento
la vida y su ironía
era el sonido de Mahler,
rebotando contra el peñasco.
Las gaviotas partían,
y las que se quedaron
picoteaban incesantes
el cuerpo descompuesto del amor.
Yacía sangrante,
esperando ser arrastrado
hasta lo más hondo,
que Poseidón estirara la mano
para arrancarlo finalmente de la tierra.
No sé si murió ahogado
por la sal de las mentiras que tragó,
o por el golpe contra las piedras
cuando lo empujaste al desfiladero,
de una patada
o congelado entre las heladas aguas
de tu indiferencia.
Aquel verano no hubo sol
ni atardeceres.
Fue una noche continua,
entre tequila,
traiciones
e infidelidades
en el que el hedor
a podredumbre del amor
todo lo cubrió.




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