¿Cuántas lágrimas quedarán?
¿Cuántos llantos nocturnos
se necesitan
para disolver en la humedad de los ojos
todos los recuerdos,
el dolor,
la traición,
y esos años en que deposité
toda mi fe
en una urna
dentro del cuerpo de una mujer?
Cada “lo siento”
cada promesa,
se desangraba con la luz del día.
Tras cada mentira nueva,
no tardaba en reventar la verdad,
y todo dolía.
Cada perdón que le otorgaba
ella lo arrojaba al río muerto,
del drenaje que todo lo pudría.
Cada semana, cada jueves,
cada hora,
me escupía a la sombra
con una excusa gastada.
Fueron tantos años en sus manos,
en su cuerpo,
entre sus pechos,
dentro de ella.
Hasta que llegó aquella tarde
en que supe
que ya había elegido,
que yo era solo un despojo,
el desperdicio del amor.
Y que aquella otra noche,
como tantas,
antes de arrastrarse hasta nuestra cama,
su cuerpo había sido abierto,
estrujado, por otro hombre.
Hoy no es que el olvido haya llegado
con un borrador entre manos.
Solo vino el cansancio,
el peso de la derrota.
Su mente fue tragada
por otro mundo,
y ella partió hace meses,
hasta perderse
en un mar
donde mi barca
ya no supo flotar.



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