Me pregunto si esa mirada
que lanza mi perro
tendrá algún sentido oculto,
si será similar a mis ojos de niño.
No me refiero
a los ojos con que me miro
desde adentro, como niño,
sino a cómo yo miraba a mi padre
durante mi infancia.
Si al mirarme pensará:
«Aquí vamos de nuevo…»
¡Otro tequila!
¡Una cerveza más!
¡Más música!
¡Otras lágrimas!
Así me diluyo,
a veces entre la noche,
como una sombra
que por fin fue alcanzada
por la oscuridad de la que huía.
Otras veces, entre vasos vacíos
que se apilan en el fregadero
como monumentos pestilentes,
inclinados hacia el olvido.
Me diluyo en mi propia sangre,
y me recorro una y otra vez,
sin encontrarme.
Quedo extraviado entre palabras
que nunca digo,
que agonizan tras los dientes,
diluidas en saliva
que solo tengo que tragar.
A diario, me derrito por las calles,
voy dejando sobras de mí
como una masa acuosa
que se cuela entre las alcantarillas,
por las grietas de las banquetas,
hasta terminar siendo nada.
Y así me repito, día tras día,
en un ciclo interminable,
hasta llegar cada noche
a ser la misma sombra,
que se diluye otra vez
en un vaso
en su propia oscuridad.




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