Me escondo detrás de mis ojos
para dejar de verte.
O los aprieto,
hasta que olvidan cómo mirar.
Trato de limpiar, a diario,
los rincones de mi cabeza
donde alguna vez caminaste,
donde te guardé
pensando que ahí estarías
por siempre.
Enjuago mi piel una y otra vez:
con agua,
con otros besos,
con silencio,
con oscuridad…
algo que borre
tu piel de mi piel,
o los años
que nos han sobrevivido.
Algunos días
tomo mi corazón entre las manos,
o lo que queda de él,
y lo aprieto,
para que no se desangre,
para que no termine
de desmoronarse.
El vacío me carcome.
Desde el abdomen
sube,
serpentea el estómago,
se enreda en la tráquea,
y se queda en la garganta,
estrangulando,
jalando las lágrimas hacia adentro,
hasta ahogarme.




Deja un comentario