El tiempo es traicionero,
camina siempre dando la espalda,
jamás se detiene,
ni siquiera voltea la mirada de reojo.
Sigue de frente,
sin saber hacia dónde,
solo avanza.
A veces tropieza,
y aun así,
a gatas,
se aferra al camino.
Otras veces se arrastra,
parece inmóvil,
pero jamás,
ni un solo instante,
se queda quieto.
Carga a algunos en hombros,
a otros nos toma
de donde puede
y nos arroja a su viejo costal,
arrastrándonos por ciudades,
por caminos empedrados,
por la vida misma,
solo para recordarnos
su inexorable voluntad.
No tiene piedad:
no acelera el paso
por quien agoniza,
ni se detiene
por quien
debe despedirse mañana
pero anhela quedarse.
Así lo vemos alejarse,
estáticos,
extraviados en los restos del ayer,
un año atrás,
o cinco,
o diez.
Y él prosigue, inexorable,
hacia su destino,
hacia el vacío de la nada,
donde, al final,
se hunde en la relatividad
de su propia existencia.




Deja un comentario