Fueron demasiadas noches
escondido en la oscuridad,
en que la piel perdió color,
dejó de sentirse lubricada
por otra piel,
en particular por tus besos.
Ese que era contigo, con otros
se adhirió a los huesos,
al alma.
Me arrastré por la tierra,
contra el asfalto de las calles,
queriendo desprender
aquel que solía ser.
Me pregunto
cuántas capas de dermis
debo arrancar para encontrarme.
¿Cuántas pieles pegué a mí?
¿En cuántos cuerpos me fundí,
me confundí,
creyendo ser yo
en ellos,
buscándome en ellas?
Me duelo al buscarme,
al no hallarme,
extraviado entre todos los que fui,
entre los que quise ser.
Hoy no sé exactamente en dónde quedé,
si existo,
si quedan restos de mí
bien adentro.
Este que fui contigo,
esta piel que tú dejaste,
se secan,
entre las costras sangrantes
que tus besos dejaron,
con llagas que escurren
la pus pestilente de tus mentiras.
Tal vez tú seas la herida
que más duele
al ser arrancada,
porque transmute en otro para ti.
Pero quizás,
luego de arrancarla,
de arrancarte,
emergeré
ya con mi piel real,
esa que no necesita de alguien más,
de trasplantes innecesarios,
de mujeres que la habiten
o serpientes que me enreden
y me sumerjan de nuevo en la confusión.




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