Esta tranquilidad, casi sin prisa,
la brisa leve que pega en el rostro,
que escurre sobre los cristales,
este paisaje verde y terroso,
el renacimiento de tanta vida
de entre el lodo y el polvo.
Las primeras lluvias, torrenciales,
que todo lo limpian
tras la larga sequía
Los monzones llegan de imprevisto
sobre un adiós profundo y anunciado,
con mil pequeños adioses.
Los pulmones se purifican
hasta lo más hondo.
Aparto la memoria,
la costumbre, tu presencia,
del presente,
y los amontono en la pila de recuerdos
para ir alimentando, de a poco, al olvido.
Hoy somos lluvia
que se escurre por coladeras,
sobre patios y calles.
Formamos un gran charco en el pavimento
que, con los días, se evaporará;
como las lágrimas que se fueron,
y se limpiaron del rostro
con una leve sonrisa,
y este nuevo sentimiento de pertenecerme.
Decidí que no existe el perdón
en apoyo a aquel que te lloró
por noches y días,
por todo el moho negro
pegado en las paredes del cráneo,
por la humedad de tanto llanto
y por el tiempo, y el esfuerzo,
que ha tomado limpiar.
No perdonar
es aceptar la historia.
Dejar de lado la absurda negación
para mirar de frente el dolor,
la realidad
de quien durmió a mi lado,
sin el falso maquillaje del amor.
Tomar la vida entre las manos,
con la esperanza nula,
y apretujarla
hasta reconocer que el pasado,
las historias, han muerto.
Elijo el olvido
antes que el perdón,
porque mientras no olvide,
el recuerdo persistirá
de aquella indiferencia,
y la crueldad de tu mirada
mientras yo yacía en el piso,
y tú seguías destrozándome.
Así hoy abro los ojos
y se derrumban las paredes
de mi mente
en donde habitaste
hasta ocupar cada espacio
sin dejar hueco para mi.
Te libero de mi
me libero de ti
y te regalo
este adiós sin perdón
como muro
como océano
como vacío intransitable.




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