Este tiempo que se hace curvo,
que tiende siempre a hacerse cíclico,
hoy me deja fuera de toda referencia.
Me aparto de su línea temporal,
de su eterno retorno.
Me sacó de mi camino,
oscuro y melancólico,
pero reconocible,
para dejarme
caminando descalzo
por un manglar húmedo y pestilente,
entre serpientes
y alimañas desconocidas.
Ojos lejanos brillan bajo las sombras,
sonidos infinitos y repetitivos
se extienden por horas
y repican una y otra vez,
perforando los oídos.
Piquetes de moscos,
zumbidos de insectos,
quiebran la noche.
No hay un solo rincón apacible.
Todo es movimiento,
ruido,
agua,
incertidumbre.
Hasta que comienzo, poco a poco,
a limpiar la maleza,
y voy descubriendo una emoción
hasta entonces desconocida.
*
Ese manglar,
fuera del mapa de mi realidad,
plagado de animales,
sonidos y luz sepulcral,
es el espacio que me dejaste habitando.
Las serpientes, las alimañas,
son la representación de ti en mi vida:
de la traición,
de las oscuridades,
de la camaleónica hipocresía
en la que habitaste mi existencia.
Todo oculto bajo capas y capas de humus,
como mentiras.
Años y años de material orgánico,
como recuerdos
infestados de mierda,
de putrefacción arrojada a la memoria
para tapar el verdadero suelo que pisé,
hasta extraviarme.
*
Hoy reconozco esta emoción
antes no identificable:
estas ganas
de reducir tu recuerdo a cenizas,
de borrar tus senos en el aire
mientras otro te penetraba,
de desaparecer las verdades a medias
que hiciste saetas envenenadas.
Voy a borrarlo todo,
voy a dejar limpia mi mente
de tus insectos,
de tu cuerpo desnudo entre mis manos
y entre las de tantos otros hombres.
Voy a borrarte el nombre,
junto con los nombres que ocultaste
para proteger amantes
y tu falsa moral abollada.
Esta emoción desconocida
es odio.
Odio por haber habitado
ese mundo de humedad y oscuridad,
en el que arriesgué mi propia existencia.




Deja un comentario