En este poema, el “monstruo” no es un ser mítico, sino una metáfora del trauma emocional que deja una relación tóxica.
“Narcisa” explora la intimidad del abuso, el autoengaño, y la forma en que el miedo puede adoptar formas humanas. A veces seduce. A veces duerme a tu lado. Y a veces —cuando por fin te alejas— aún te persigue desde dentro.
Creí que se escondía bajo la cama.
Otras noches, cerraba bien el ropero
para evitar que saliera.
Eran noches en que confundí
la realidad con el delirio.
Decían que era mi imaginación…
Hasta que capturé su mirada,
oscura y que todo ocultaba.
Las garras con que destrozó mi piel
ya no eran sueño.
Me creía salvador
y mordí todos los anzuelos
Mientras yo entregaba mi vida
todo en ella era abandono.
Una noche la descubrí,
aún con mi mirada borrosa por las lágrimas,
y con la dermis expuesta
tras sus mordeduras.
No vivía en mi mente,
ni bajo la cama,
ni en el clóset:
el monstruo dormía a mi lado.
Usaba perfume como red,
sus senos ofrecidos como carnada,
sus piernas, lazo;
sus ojos, anzuelo;
su sexo, boca que succiona.
Su cuerpo, su ser eran una trampa,
para mí, que creía en ella,
y para otros hombres
que devoraba y usaba
para llegar después a fingir a mi lado.
Absorbía, mentía, aparentaba.
Tomaba la realidad
para inventarme
realidades paralelas, inexistentes.
Drenaba mi autoestima,
mi entusiasmo.
Arrancó mi sonrisa
para dejar solo arañazos en el alma
y restos mordidos de sueños.
No dejó nada.
Agotó mi existencia
hasta casi desaparecerme.
Aunque huí arrastrándome,
humillado,
y vacié kilómetros entre los dos…
aún me persigue.
Hoy me ofrece su cuerpo
inventa nuevas historias,
miente sobre sus propias mentiras,
todo para volver a atraparme.
Se entromete en mis sueños,
dejando pesadillas
y sudoración nocturna.
Hoy lucho contra aquel temor.
Veo de frente sus ojos
a mitad de mis delirios,
me alejo de sus garras
y la enfrento como al mayor de mis miedos,
¡Maldito miedo perturbador!
que vive latente
para transmutar a diario
en ansiedad
y en esta necesidad
de soledad y de borrarlo todo




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