Lo he llamado ansiedad:
al sudor derramado sobre la almohada.
También le dije angustia
a la incertidumbre que habita en las sombras,
melancolía a tantas lágrimas derramadas.
No aprendí, ni siquiera del dolor.
Necedad: revolcarme una y otra vez
sobre la misma piel,
entre la misma saliva —como savia—
que se embarra y se adhiere a mi memoria.
Tantos caminos, tantas bifurcaciones
que tomo sin pensar,
sin darme cuenta de que son retornos
que me devuelven al mismo dolor,
al desierto de cactáceas,
de dunas donde los pies se hunden
y me deshidrato,
y termino herido
entre miles de espinas.
No queda nada de lo que fui;
ni siquiera puedo recordarme.
El amor dejó de ser sueño
para volverse química mental:
esta necesidad imperiosa de llenar vacíos
que me deja vacío otra vez.
Otro retorno más
que me conduce a tu calle,
entre advertencias,
y palabras
y más palabras
que rebotan en tus oídos cerrados,
contra tus ojos sellados.
Sin empatía,
nuestro pasado
ahogado en un charco;
tú y yo, agua estancada
pudriéndonos
hasta extinguirnos.




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