Se trata de despertar cada día,
despegar la noche de los ojos,
la pesadez del insomnio.
Bañarme para desprender,
en la tibieza del agua,
la piel vieja.
Es momento de sacrificar la mente,
de depositar la memoria
sobre la piedra de los sacrificios:
arrancar sus entrañas,
dejarla ahí,
desangrarse,
mirar cómo los recuerdos escurren
entre rocas,
hasta evaporarse.
Playas, bosques, ciudades,
hoy son fotografías veladas,
deslavadas,
borradas una a una,
como conclusión de cada historia:
puntos finales
mentales o digitales.
Hoy ya no dueles,
no como hace un año
o como hace unos meses.
Quedas como una necesidad,
necedad de mi mente,
de mis manos,
de mis labios:
de revivirte.
Tú estás en nuevas historias,
buscando en otros labios
desde hace más de dos años,
escarbando con tus manos
sobre otra piel,
regando puntos finales,
funerales escondidos
en otras camas.
Me disolviste en tu mente
hace muchos años:
en el olvido,
en otros labios,
bajo otras manos.
Hoy te dejo un espejo
como regalo final:
para que veas nuestra historia
como un reflejo
que se irá borrando,
hasta desaparecer.




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