Ella se evaporó.
No murió,
ni siquiera hubo una lápida.
Se fue esfumando,
deseando otra vida,
soñando otros labios.
Así su cuerpo
se rindió ante otro cuerpo.
Después, durante cientos de noches,
remojó su piel
en baños de mentiras
que poco a poco
la desmoronaron.
Modificó el sonido de su nombre,
su mirada,
cambió de piel,
hasta lo que creía su esencia.
Todo lo que ella era, partió,
y lo vi desaparecer:
se fue entre mis manos,
entre mi mente;
se hizo pasado
y súbitamente
se hundió entre el tiempo,
hasta extraviarse en la neblina.
Pasaron meses, tal vez años.
El dolor me hizo intangible.
Hoy siento cómo mi cuerpo se funde,
se confunde con la mañana.
Pierdo el límite exacto entre mi piel
y el aire que me rodea.
Me hago viento
que huye sobre las montañas
que delimitan la ciudad.
Me extravío entre nubes,
soy la brisa que se estrella
contra los parabrisas.
Desbordo la ansiedad
sobre pirules y pastizales;
hasta que dormita sobre el trigo,
sobre piedras que todo bordean.
Me hice viento en calma,
que ya no persigue,
aire estático
que todo roza,
pero nada se lleva.




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