Fue un día de junio
cuando supe
que la vida
como la conocía, terminaba.
Fue un día de junio
en que el verano
se me hizo invierno,
y la lluvia, nevada.
Fue un día de junio
cuando sus besos
cayeron en otros labios;
los ojos
se le cayeron hacia adentro,
y la boca,
y las palabras.
Todo se lo tragó,
junto con aquel pequeño mundo
que construimos.
Como acto final,
su egoísmo
usó la verdad
como goma de mascar,
y la escupió en alguna banqueta
de la cual se olvidó.
Aquel año concluyó
siempre siendo invierno,
siempre sabiendo
que el asco matinal,
las almohadas empapadas
de lágrimas,
y todo el sudor nocturno
en medio de tanto frío,
todo, en algún momento, se iría.
Entonces dejé de comer mentiras,
de sentir sus besos
como falsas promesas,
y me quedé mirando
aquel árbol seco
de raíces podridas
que ya no daba frutos
y aunque decidí conservarlo
como un viejo recuerdo,
en el patio trasero de mi memoria,
finalmente
dejé de regarlo.




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