Aquellas viejas fotos de la playa, de la ciudad, de los restaurantes,
se extraviaron en la nube.
No en la que promete guardarlo todo,
sino en esa nube polvorienta
de la tormenta de arena
que el ayer desató.
El pasado es hoy una delgada escarcha:
que cae sobre la piel al amanecer
y se derrite con el primer golpe de sol.
Se termina el año.
Ya no busco—ni pienso—en tus labios antes de dormir.
Ahora la vida me sabe a mandarina,
a caminar en paz bajo la luna con mi perro,
a las tardes de yoga,
a una vuelta en moto
mientras dejo que el pranayama
haga su labor secreta.
Meses de terapia
para entender que, en un par de lunas,
sin abrirte la puerta,
mi mente empezó a despejarse.
Mi piel se soltó, por fin,
de las escamas que tu sombra dejó.
Hoy celebro tu ausencia:
paz servida en una copa de tinto
al final de la jornada,
plenitud tranquila,
este amor propio
tan nuevo
y tan a gusto.




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