Por diez años
mi ánima se fue
por un río helado y turbulento
extravié la luna
y la confundí con un farol
que titilaba,
se apagaba
y me deslumbraba,
al encender, hasta cegarme.
Encontré de nuevo la luna
al final de la calle,
Entre olor a pirules
escondida tras de una palmera
solita,
diciendo:
«Hola, te extrañé».
Desde entonces,
cada noche tomo cucharadas de luna,
de esas que recomienda Sabines;
durante las últimas tres noches,
noté que la llaga de la ansiedad
formó finalmente
una delgada costra de felicidad.
La confusión concluyó
y la luna volvió a ser
tan roja,
tan simple,
tan atrayente
y sin ficciones.
Sin falsas ilusiones,
sin atribuirle magia,
sin prosopopeya.
Hoy sé que nunca fue mujer:
siempre fue solo luna,
Satélite inspirador
farol nocturno,
luz de mi adolescencia.
Redonda o en pedazos,
sobre el mar,
o a mitad del cielo,
acompañante nocturna de mis sueños,
ánima extraviada
que regresó, al fin,
para darme calma
y devolverme la luz
que creí perdida.




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