Anoche no podía dormir.
Me visitaban tus labios
y recorrían mi boca
lenta,
pausadamente.
Sentía tu cuerpo tibio a mi lado,
tu piel —infinitamente suave—
bajo las yemas de mis dedos:
tan inalcanzable,
tan presente.
Era como si mi pensamiento
y todas las palabras
escritas entre tú y yo,
los abrazos suspendidos,
los besos enviados,
se materializaran
por un instante,
justo ahí,
a un costado de mi almohada.
Veía tus labios perfectos
transformarse en la sonrisa
de mis desvelos
y el lunar sobre tu boca
me invitaba
a olvidar las historias,
los nombres,
las versiones anteriores de nosotros.
Entonces quedamos,
solamente
tú
y yo,
sin pasado,
sin heridas que sanar,
arrojados, no bajo un cielo infinito,
sino en la penumbra de mi habitación,
donde tu cuerpo y el mío
emprendían el camino del deseo
sin mentiras,
sin traiciones,
desnudos,
hasta que el amanecer
decidía soltarnos.




Deja un comentario