Me gustan esos días
en que besas mi alma
como si supieras
exactamente
dónde habita.
Tu cuerpo
me espera al final del día
como atardecer encendido
me llama
sin palabras.
Tu cabello dorado
arde entre las nubes
y tu piel
—tu piel—
me mira
antes de que yo la toque.
Luego llega la noche.
Apareces.
Te desnudas ante mí
como si el mundo
hubiera desaparecido.
Entonces ocurre:
nuestros cuerpos
se olvidan del pasado,
del futuro,
de todo.
Solo existe
este instante.
La madrugada
nos encuentra rendidos,
respirando juntos,
tu cabeza sobre mi pecho
y nuestros corazones
aprendiendo
el mismo ritmo.
Y pienso:
tal vez somos
dos planetas
de galaxias remotas,
dos cuerpos
que viajaron siglos
en silencio,
hasta que la gravedad
—esa vieja Celestina—
decidió acercarnos.
Colisionamos.
Y de ese choque
nació un universo.
Un universo
donde las distancias se disuelven
y los espíritus salen
de sus escondites.
Un universo
donde cada noche
volvemos a estallar
como supernovas
solo para aprender
a renacer.




Deja un comentario