El sábado
pensé en ti
mientras los planetas se alineaban.
Te creí Venus,
y por un instante
me sentí Mercurio,
queriendo alcanzar tu órbita
para cargarnos de mitología.
Te busqué entre árboles,
en la penumbra de una cueva
donde, al final,
la luz me alcanzaba
mientras mis manos
encontraban tu piel.
Sentí el aire en el rostro
y pensé en tu cuerpo:
en la hondura de los riscos,
en las pendientes de las montañas,
y en lo más hondo,
un río sinuoso,
ávido por desbordarse.
El viento descendía por mi cuello
como tus suspiros,
tu respiración acelerada
cuando mis dedos, lentos,
recorrían cada lunar
de tu cuello
hasta alcanzar tu pecho,
redondo y tibio,
contenido en la palma de mi mano.
Sentirte mía.
Sentirme tuyo.
Bajo las constelaciones,
con el universo de comparsa.
Y a tu oído, murmurar:
quédate así,
desnuda entre mis brazos.




Deja un comentario