Tomar el primer respiro del día, cuando la alarma dice: “no más sueños”.
Una vaga melancolía invade la mañana. Calles empapadas por la lluvia, neblina golpeando las bardas de las casas.
El pasado queda tras las montañas, agazapado, caminando ya en sentido contrario.
Analizo hueso por hueso, emoción por emoción, para entender, para no suponer que todo es tristeza.
Tal vez sea la canción que trepó por mis oídos.
Hoy busco, con los ojos cerrados, respuestas, vacíos, historias olvidadas que me hagan entender.
Ya no quiero comprender a nadie, ni a todos, solo hallar mis propias respuestas: reconocer cada emoción, cada tristeza, enojo o miedo.
A diario despierto con este nuevo día, con un entusiasmo recién nacido.
Reconozco que la añoranza no es amor, y que la mente nos olvida por años, en bucles de comodidad bardeados por falsas ilusiones, donde el temor juega a meternos el pie cada vez que intentamos salir.
Me deslizo sobre hielo me extravío en pensamientos, aprieto los dientes como si con ello encontrara guía o certezas.
Callejones por los que vago, me topo con muros o espejos en los que me hablo. Calles cíclicas, pocas se extienden y conducen a nuevos sitios.
Los ojos quieren cerrarse y solo mirar, una y otra vez, el interior de mi abismo, para quedar absorto, tener tiempo de terminar, de concluir la tarea: quedar vacío.
Descubro espacios, algunos desiertos donde antes hubo vida. Falsos océanos de aparente color e ilusión. Todo partió, arrastró todo hacia sí misma y nada dejó. Hoy reconozco esa nada como mía: absoluta y definitivamente, soy yo, desprovisto de fantasmas, de falsas ilusiones, desértico, seco.
No hay vidas que ahora me rellenen; vago en mi propio lienzo. Edificaré, ladrillo a ladrillo, una nueva existencia, hoy recolecto arcilla para moldear con mis dedos mi propia piedra angular, que sea la justa medida de mi existencia.
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