Algunas noches duermo,
otras me entierro en las sábanas,
preparado para agonizar
durante toda la noche.
Mi musa no tiene ojos
ni pechos perfectos;
no va por la calle
moviendo la cadera.
Es cierre,
es entregarme y olvidar.
Dejo que la poesía se acerque
mientras la luna se incendia
entre las brasas del poema,
entre las palabras que crujen
y las letras que vuelan
como chispas extraviadas
que el viento arrastra
y no tarda en apagar.
La tristeza tiene nombre y apellido
y se recuesta a mi lado,
recarga su cabeza contra la mía,
me canta canciones que había olvidado,
quiere ayudarme a dormir
y me regala miles de lágrimas
para extraer el dolor.
Duermo algunas horas.
Nunca sé si son las suficientes,
pero algunas bastan
para dos o tres sueños,
y no enloquecer
en la tortura diaria del insomnio
y la angustia que lo acompaña.
Algunas pastillas
funcionan mejor con un whisky,
algunas canciones repiten nombres,
y el calendario vomita fechas
que quisieran ser olvidadas,
pero se pegan
como mierda en la suela del zapato.
Danzas desnuda por mi mente,
sobre nuestra cama,
sobre otras camas,
sobre aquellos que escondiste
bajo tus senos,
entre tus piernas.
Y la noche se aletarga,
como aquellos límites
que tienden al infinito
eternamente sin poder tocarse.
De nuevo, la tristeza
toca mi cabeza
y me toma entre sus brazos,
me da consuelo
y me explica que después de ella,
después de esas visitas
constantes de los
últimos
meses,
todo se borrará
y tendré la oportunidad
de empezar
de nuevo.




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