Se implantó
como una diminuta larva.
La depositó
un día
el vacío de necesitar,
con disfraz de hormiga
o de mosca,
alguna noche
mientras dormía.
Creció dentro de mí,
tras de los ojos,
casi imperceptible.
Se fue adueñando
de toda sinapsis,
de mi lengua.
Nadaba entre dopamina y oxitocina,
hasta contaminarlo todo.
Un día tomó la mitad de mí
y despertó a mi lado,
como extensión de mi ser.
Mientras yo me alimentaba
de la miel de sus senos,
y me prestaba su cuerpo
para entretenerme,
ella seguía drenando,
absorbiendo todo de mí,
controlando aún mi mirada,
mi voz,
mi voluntad.
No sé exactamente cuándo,
sin darme cuenta,
empezó a drenar a otros,
aun durmiendo a mi lado.
La simbiosis se hizo parasitaria,
y ella necesitaba más de mí
para llevar su vida a otros cuerpos.
Necesitaba aparearse,
reproducirse,
y yo, para ello,
ya no servía.
Hoy tomé el escalpelo.
Tuve que arrancarla de mi piel,
separarla de glándulas,
hacerla devolverme el timo
del que se había adueñado.
Y la vi revolcarse.
Lloró en el piso,
rogando meses, más días,
más tiempo.
Pero mi cuerpo, casi seco,
tenía que elegir entre ella,
que tenía otros suministros,
físicos y emocionales,
o yo, que al final,
solo me tenía a mí.




Deja un comentario