Tiempo estático, cíclico, retorna una y otra vez al mismo espacio, a los mismos labios que traicionan, que raspan como lija mi dermis y dejan la piel viva.
De nuevo huyo buscando otro cuerpo. Dedos entumecidos, que dejan de escribir; madrugadas como desfiladeros en los que me precipito.
Mi cuerpo se retuerce, expulsa lo que queda de ti. Historias enviadas al drenaje, soy este que anda, que bebe y piensa ya sin sentir.
Hoy llegas de nuevo, desnuda, empapada de mentiras que finjo ignorar. Al escurrir entre mis manos buscas refugio en mis brazos, brazos ya inexistentes porque tú los cortaste.
Un adiós yace latente en labios que se desmoronan, entre el silencio de lo inevitable. El olvido nunca acude para llevarse el recuerdo de tu cuerpo desnudo en otras manos, cuando aún regresabas a mi lado.
Así que solo espero, no sé si mañana, cuando llueva, al doblar la esquina, al regresar a la cama vacía.
Algún día, o una noche, por fin, no sé cómo ni de qué forma, pierdas y finalmente te extravíes junto con todo lo que duele.
En este poema, el “monstruo” no es un ser mítico, sino una metáfora del trauma emocional que deja una relación tóxica. “Narcisa” explora la intimidad del abuso, el autoengaño, y la forma en que el miedo puede adoptar formas humanas. A veces seduce. A veces duerme a tu lado. Y a veces —cuando por fin te alejas— aún te persigue desde dentro.
Creí que se escondía bajo la cama. Otras noches, cerraba bien el ropero para evitar que saliera.
Eran noches en que confundí la realidad con el delirio. Decían que era mi imaginación… Hasta que capturé su mirada, oscura y que todo ocultaba.
Las garras con que destrozó mi piel ya no eran sueño.
Me creía salvador y mordí todos los anzuelos Mientras yo entregaba mi vida todo en ella era abandono.
Una noche la descubrí, aún con mi mirada borrosa por las lágrimas, y con la dermis expuesta tras sus mordeduras.
No vivía en mi mente, ni bajo la cama, ni en el clóset: el monstruo dormía a mi lado.
Usaba perfume como red, sus senos ofrecidos como carnada, sus piernas, lazo; sus ojos, anzuelo; su sexo, boca que succiona. Su cuerpo, su ser eran una trampa, para mí, que creía en ella, y para otros hombres que devoraba y usaba para llegar después a fingir a mi lado.
Absorbía, mentía, aparentaba. Tomaba la realidad para inventarme realidades paralelas, inexistentes. Drenaba mi autoestima, mi entusiasmo. Arrancó mi sonrisa para dejar solo arañazos en el alma y restos mordidos de sueños.
No dejó nada. Agotó mi existencia hasta casi desaparecerme. Aunque huí arrastrándome, humillado, y vacié kilómetros entre los dos… aún me persigue.
Hoy me ofrece su cuerpo inventa nuevas historias, miente sobre sus propias mentiras, todo para volver a atraparme. Se entromete en mis sueños, dejando pesadillas y sudoración nocturna.
Hoy lucho contra aquel temor. Veo de frente sus ojos a mitad de mis delirios, me alejo de sus garras y la enfrento como al mayor de mis miedos, ¡Maldito miedo perturbador! que vive latente para transmutar a diario en ansiedad y en esta necesidad de soledad y de borrarlo todo
Este tiempo que se hace curvo, que tiende siempre a hacerse cíclico, hoy me deja fuera de toda referencia. Me aparto de su línea temporal, de su eterno retorno. Me sacó de mi camino, oscuro y melancólico, pero reconocible, para dejarme caminando descalzo por un manglar húmedo y pestilente, entre serpientes y alimañas desconocidas. Ojos lejanos brillan bajo las sombras, sonidos infinitos y repetitivos se extienden por horas y repican una y otra vez, perforando los oídos. Piquetes de moscos, zumbidos de insectos, quiebran la noche. No hay un solo rincón apacible. Todo es movimiento, ruido, agua, incertidumbre. Hasta que comienzo, poco a poco, a limpiar la maleza, y voy descubriendo una emoción hasta entonces desconocida.
*
Ese manglar, fuera del mapa de mi realidad, plagado de animales, sonidos y luz sepulcral, es el espacio que me dejaste habitando. Las serpientes, las alimañas, son la representación de ti en mi vida: de la traición, de las oscuridades, de la camaleónica hipocresía en la que habitaste mi existencia. Todo oculto bajo capas y capas de humus, como mentiras. Años y años de material orgánico, como recuerdos infestados de mierda, de putrefacción arrojada a la memoria para tapar el verdadero suelo que pisé, hasta extraviarme.
*
Hoy reconozco esta emoción antes no identificable: estas ganas de reducir tu recuerdo a cenizas, de borrar tus senos en el aire mientras otro te penetraba, de desaparecer las verdades a medias que hiciste saetas envenenadas. Voy a borrarlo todo, voy a dejar limpia mi mente de tus insectos, de tu cuerpo desnudo entre mis manos y entre las de tantos otros hombres. Voy a borrarte el nombre, junto con los nombres que ocultaste para proteger amantes y tu falsa moral abollada. Esta emoción desconocida es odio. Odio por haber habitado ese mundo de humedad y oscuridad, en el que arriesgué mi propia existencia.
Me gusta extender el día encimarlo sobre la noche, verlo agonizar sobre la cama hasta el amanecer.
Casi nadie llega a esta cama. Algunas mujeres. gemidos. algunos cuerpos desnudos que se van a mitad de la noche o se esconden bajo su ropa.
Todas se disuelven en el tiempo y en la distancia. Ojalá volviera, por un instante con aquella luz verde extraviada en sus ojos, cuando no dudaba en lanzar sus labios sobre los míos o arrancarse la ropa en el auto a mitad de alguna avenida.
Tengo esta soledad entre los dedos, solo sabe de letras, de espacios vacíos por llenar con palabras que sudan dolor.
Como un verdugo en la distancia con la cuerda de la guillotina apretada en la mano. Yo, adormilado, camino la tierra. Nadie mira. Todos ven hacia otro lado.
La muerte se pasea. Quisiera gritar, pero aprieto los dientes. Busqué una palabra y encontré “desilusión” tras una mujer y la historia de su amante, que arrastraron mi cuerpo, exhibieron mis heridas más de un año para al final decirme que aquella historia fue falsa y que el cuchillo con el que sangré no lo empuñó junto a aquel hombre, sino con “alguien más”. Pero jamás me dirá con quién.
¡Solo ella sabrá, por siempre, quién fue!
Una historia patética de una mujer patética, que no suda arrepentimiento por los poros, solo transpira egoísmo desde la frente.
Algún día la seguí como luz, hoy es ese brillo que se extingue. Una estrella que muere, que se devora a sí misma, y se convierte en un hoyo negro olvidado en algún rincón lejano de la memoria.
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