Había una vez
una dulce patita
que escribía versos
y tatuaba el agua
con su cintura.
Creaba constelaciones
e ilusione acuáticas.
Un día
encontró el caparazón
vacío de una tortuga.
Se metió
y se sintió segura,
aunque caminaba lento.
Se sintió tan protegida
en su verde coraza
que se fue cerrando
poco a poco,
hasta olvidarse de mí.
Todavía,
me regalaba un “hola”
de vez en cuando.




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