Hay un montón de besos
que te guardé,
sin saber si se quedarían
eternamente
calcificados en mi boca.
No sabía si remojarlos
a diario
con gotas
o brisa de esperanza,
o dejarlos
como sueño,
como recuerdo.
Hoy te leo con calma.
Entiendo mejor
aquellos besos
entre planetas y galaxias,
y la decisión de esperar.
Estos meses
sin ti,
sin mí,
me tomaron por sorpresa.
Tu ausencia cayó
como lluvia
que, en minutos,
inundó las calles.
Hoy sé
que un «te extraño»
es una llave:
me gusta pensar
que abre el camino
a tus labios,
a tu cuerpo.
Y regresaste, más bonita,
sacudiendo mi cuerpo,
mi mente,
no como un temblor,
sino como un dulce balanceo.
Los días,
los meses
sin ti,
sin mí,
fueron un experimento
en el que las partículas
de besos
se reprodujeron
hasta desbordarse
de la caja de Petri
del tiempo.




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