el lunes es un clochard extraviado que te roba la cartera en las vacaciones. es ese día que arde el pecho, es el humo de las fábricas y la mierda en el pasto que apesta las calles. es la madrugada sin dormir, buscando el sentido de la siguiente mañana para darnos cuenta de que nadie es lo que uno cree. nos vendemos una ficción de quien somos, de quien tenemos enfrente y vamos transitando por el lunes como perros mojados en el frío, buscando en cada esquina algún bote de basura para olisquear, de dónde sacar un pedazo de pan o una esperanza desperdiciada que alguien más no haya querido.
Las manos se desprendieron, arrancadas desde las muñecas, cercenadas hasta la médula. Chorros de sangre brotaban, se derramaban sobre el piso, mientras los perros la lamían con parsimonia extrema.
Nos mirábamos. Tú, del otro lado de la mesa, con palabras punzantes diciendo: «Ya no quiero nada contigo.” Yo, con el vacío que deja el amor, cuando es arrancado de tajo.
Dijiste: «Quiero que te vayas.” Y aunque sabía que no tenía a dónde, tenía que partir, a cualquier lugar, bajo cualquier sombra.
Recuerdo que aún corrí tras de ti, en mi necesidad de entender, pero tus pasos eran veloces huías, fingías, aparentabas.
Te esperé en una banca, la lluvia caía, el cemento helado en mis manos, una lápida como presagio. Me quedé ahí, con la mirada anclada, el pensamiento nublado y sabor a whisky en los labios.
Me arrastré por la calle mis huesos, mis pies, mi vergüenza, recogiendo humillación por las banquetas sucias de la ciudad.
No solo arrancaste al amor, te llevaste mi vida, mi aliento, mi nombre. Aquel día desprendiste las últimas hojas de nuestra historia, para dejarlas volar como otoño en pleno verano.
Y aunque volviste al otro día, ya no teníamos manos para sostenernos, ni palabras que remendaran Más allá de las mentiras con las que atiborraste mis oídos, más allá de las caricias que diste a otros, del cuerpo que entregaste rendida ante el sexo de alguien más, más allá de toda traición.
Aquella tarde lluviosa y ensangrentada de verano, decidiste, no tenerme más.
El frío quema los pies, entorpece el andar, hace arder las manos, y, entumecidas, dejan de retener.
Llego a este lunes de enero con cicatrices aún sangrantes, pus en las heridas, astillas de desamor clavadas.
No es el helado invierno ni el paso de diciembre por mi cuerpo; es el eco del olvido que rebota en mi cráneo, la soledad y la tristeza acomodadas al otro lado de mi cama durante tantos meses.
A lo lejos, en el calendario, vislumbro el cobijo de la esperanza. Sé que llegará el calor, que cada herida será cicatriz, que cada noche será más liviana, sin el peso de tu ego sobre mí.
El lunes ruge con ruidos de autos, gatos que maúllan, perros que gritan. Son parte de la resaca de la vida, por los años escurridos en el desagüe pestilente, por los días repetidos una y otra vez, con mis lágrimas tragadas y tantas palabras atoradas.
Blue Monday, final e inicio, amargura y miel. Emparedo el pasado entre losas y hormigón, con la mirada fija en una habitación vacía que, poco a poco, se llena de calor.
Todo el silencio se mete por mis oídos, como un enorme vacío que devora mi mente. La oscuridad se hace inmensa, más inmensa que la noche misma; se funde con mis ojos, con mi mente. Todo se ahoga en aquella espesura irrespirable, intransitable.
El corazón se quiebra más y más. No le bastó a la vida, a algunas personas, romperlo; había que molerlo, no dejar rastro de que algún día existió. ¿Qué hacer cuando aquel corazón, aquel amor que emanaba de él, regulaba mi vida, viajaba diluido en mi sangre, intervenía en la sinapsis, salpicaba cada acto, cada palabra?
Yo te busco a veces en algunas cosas que se impregnaron de ti, como mi mente, mientras tú sigues buscando, una y otra vez, en tu reflejo sobre algún nuevo río.
Cuando el punto final llega a veces no tiene sentido, y no se sabe si sentirlo o sí prolongarlo eternamente, como una línea punteada que se corta y retorna, entre despedidas que no acaban, entre adioses que se vuelven eco.
Hay quien como tú, por miedo, o por no saber mirarlo a los ojos, buscó el punto final en el cuerpo de un extraño. Dejaste que la relación fuera perforada hasta lo profundo, al abrir las piernas rompiéndote, rompiéndonos. Traicionaste con la excusa en la boca, y escondiste valores bajo un manto de pretextos y senos manoseados.
Yo lo busqué entre tequila y cervezas, nostalgias nocturnas, en el eco de risas rotas, o en poemas que intentaron decir y al final no dijeron nada.
Pero el Fin, tarde o temprano, asomó su cabeza de verdugo. Con el nombre de un extraño pegado a tus labios, y en el fondo vacío de una botella, terminó por meter el pie a nuestras historias, empujarlas al abismo, y romperlas en mil pedazos.
Cuando el corazón se quiebra, se rompen las piernas, la cabeza se desarticula, y los disfraces caen al suelo. La desnudez traspasa la piel: no quedan caretas, ni abrigos que protejan del frío. La más leve brisa rasga los huesos, y toda mirada ajena se vuelve juicio. Las creencias, incertidumbre; los besos, labios agrietados. Voy descalzo por el camino, con este nuevo andar. La espalda, hecha trizas, de tanto arrastrarme a gatas por lodo y tierra, buscando piezas esparcidas de mi cuerpo, de mi espíritu, con la voluntad hecha polvo y la autoestima devaluada.
Terminé revolcado en las banquetas, nuestra historia, que creí eterna, embarrada en otras camas, entre sábanas ajenas, mientras yo, durante cien noches, me vertí en lágrimas sobre la almohada. Huesos, sangre, sudor: todo se mezcló. El aire, navajas. Tu mirada, un abismo distante. Todo cambió. Los colmillos crecieron, la tristeza ensanchó mi mirada. Aún quedan piezas sueltas de mi vida regadas sobre tu piel y en mi memoria. Otras, se perdieron para siempre, y será el olvido quien las recoja.
Jamás volveré a ser el mismo. Nadie volverá a tomar de mí la vida que solía regalar en costales desfondados. Aquel que veía en unos ojos la eternidad de la vida, sin importar la muerte, ahora es sólo composta que la vida dejó. Hoy el paisaje es otro. Habito otra ciudad, otra alma. Mi voluntad, que se despidió hace meses, aún no regresa. La sangre ya no brota entre lágrimas nocturnas, ni la oscuridad me sirve otra cerveza y un tequila más.
Hoy busco dormir solo. La cama vacía ya no pronuncia tu nombre, aunque algunos sueños aún murmuran oraciones a tu cuerpo desnudo. Mis dientes, aún apretados, esperan: ¿Esperan volver? ¿A ti, a mí? ¿O simplemente partir? Tal vez algún día retome el paso, con un cuerpo y un espíritu otra vez completos. Cada fragmento, cada trozo de mi todo, se unirá con filamentos de oro para formar un nuevo ser, indivisible, finalmente.
Hace seis meses desperté en un mundo diferente. ¿O tal vez era el mismo? pero devastado, irreconocible. Las calles sangraban entre grietas, el suelo era una plancha rota y cada paso me conducía a la nada. La lava del dolor se desbordaba por puentes y avenidas, hacía un torrente hirviente de desolación.
Mi mirada, extraviada; mi mente, minada. Mis manos temblando por meses, y de mis ojos lágrimas, purulentas, de lodo, de sangre, de sal.
Te desplomaste de tu altar frente a mí. Eras roca, que ya no sostenía, te hiciste polvo. Tu acto deliberado de traición. Quedaste ahí, destruida, irreparable, como la ruina de mi mundo en ruinas Tú, que dormías a mi lado, que llamé amiga, confidente, te precipitaste en el barranco del olvido y me arrastraste contigo, al desfiladero de la angustia.
Te perdí tantos días. No solo aquel 13 de junio. Te perdí mucho antes, en cada decisión que tomaste dando la espalda a nuestra historia, en cada beso que diste como si yo no existiera, en cada caricia de él sobre tu piel, en cada mentira que tejiste con tus labios.
El fin del mundo llegó para mí como un invierno nuclear. Mi mente, un reactor colapsado. Mi piel, desgarrándose podrida Tu cuerpo, tu alma, mi Chernóbil.
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