Me deslizo sobre hielo me extravío en pensamientos, aprieto los dientes como si con ello encontrara guía o certezas.
Callejones por los que vago, me topo con muros o espejos en los que me hablo. Calles cíclicas, pocas se extienden y conducen a nuevos sitios.
Los ojos quieren cerrarse y solo mirar, una y otra vez, el interior de mi abismo, para quedar absorto, tener tiempo de terminar, de concluir la tarea: quedar vacío.
Descubro espacios, algunos desiertos donde antes hubo vida. Falsos océanos de aparente color e ilusión. Todo partió, arrastró todo hacia sí misma y nada dejó. Hoy reconozco esa nada como mía: absoluta y definitivamente, soy yo, desprovisto de fantasmas, de falsas ilusiones, desértico, seco.
No hay vidas que ahora me rellenen; vago en mi propio lienzo. Edificaré, ladrillo a ladrillo, una nueva existencia, hoy recolecto arcilla para moldear con mis dedos mi propia piedra angular, que sea la justa medida de mi existencia.
Tiempo estático, cíclico, retorna una y otra vez al mismo espacio, a los mismos labios que traicionan, que raspan como lija mi dermis y dejan la piel viva.
De nuevo huyo buscando otro cuerpo. Dedos entumecidos, que dejan de escribir; madrugadas como desfiladeros en los que me precipito.
Mi cuerpo se retuerce, expulsa lo que queda de ti. Historias enviadas al drenaje, soy este que anda, que bebe y piensa ya sin sentir.
Hoy llegas de nuevo, desnuda, empapada de mentiras que finjo ignorar. Al escurrir entre mis manos buscas refugio en mis brazos, brazos ya inexistentes porque tú los cortaste.
Un adiós yace latente en labios que se desmoronan, entre el silencio de lo inevitable. El olvido nunca acude para llevarse el recuerdo de tu cuerpo desnudo en otras manos, cuando aún regresabas a mi lado.
Así que solo espero, no sé si mañana, cuando llueva, al doblar la esquina, al regresar a la cama vacía.
Algún día, o una noche, por fin, no sé cómo ni de qué forma, pierdas y finalmente te extravíes junto con todo lo que duele.
En este poema, el “monstruo” no es un ser mítico, sino una metáfora del trauma emocional que deja una relación tóxica. “Narcisa” explora la intimidad del abuso, el autoengaño, y la forma en que el miedo puede adoptar formas humanas. A veces seduce. A veces duerme a tu lado. Y a veces —cuando por fin te alejas— aún te persigue desde dentro.
Creí que se escondía bajo la cama. Otras noches, cerraba bien el ropero para evitar que saliera.
Eran noches en que confundí la realidad con el delirio. Decían que era mi imaginación… Hasta que capturé su mirada, oscura y que todo ocultaba.
Las garras con que destrozó mi piel ya no eran sueño.
Me creía salvador y mordí todos los anzuelos Mientras yo entregaba mi vida todo en ella era abandono.
Una noche la descubrí, aún con mi mirada borrosa por las lágrimas, y con la dermis expuesta tras sus mordeduras.
No vivía en mi mente, ni bajo la cama, ni en el clóset: el monstruo dormía a mi lado.
Usaba perfume como red, sus senos ofrecidos como carnada, sus piernas, lazo; sus ojos, anzuelo; su sexo, boca que succiona. Su cuerpo, su ser eran una trampa, para mí, que creía en ella, y para otros hombres que devoraba y usaba para llegar después a fingir a mi lado.
Absorbía, mentía, aparentaba. Tomaba la realidad para inventarme realidades paralelas, inexistentes. Drenaba mi autoestima, mi entusiasmo. Arrancó mi sonrisa para dejar solo arañazos en el alma y restos mordidos de sueños.
No dejó nada. Agotó mi existencia hasta casi desaparecerme. Aunque huí arrastrándome, humillado, y vacié kilómetros entre los dos… aún me persigue.
Hoy me ofrece su cuerpo inventa nuevas historias, miente sobre sus propias mentiras, todo para volver a atraparme. Se entromete en mis sueños, dejando pesadillas y sudoración nocturna.
Hoy lucho contra aquel temor. Veo de frente sus ojos a mitad de mis delirios, me alejo de sus garras y la enfrento como al mayor de mis miedos, ¡Maldito miedo perturbador! que vive latente para transmutar a diario en ansiedad y en esta necesidad de soledad y de borrarlo todo
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