Ojalá que la primera lluvia del año lave mi pensamiento, lave mi entrañas y borre, poco a poco, todo el pasado.
Que los recuerdos se diluyan entre la mugre de las banquetas, que se desprenda de mi memoria tu mirada, de mi boca el sabor de tu piel, de mis manos estas ganas de recorrerte
Que la espuma de las nubes deje mi mente en blanco, y aquellos truenos en el cielo sean como descargas eléctricas sobre todo mi cuerpo, ¡electrochoques! que me dejen sumergido, de pies a cabeza, en un vacío de pensamiento cercano al olvido.
Se me olvidó cómo decir “te quiero”. Aún recuerdo cómo se siente, lo que es querer, pero es solo una estancia vaga donde alguna vez habité.
Hoy sé que querer implica preguntas sin respuesta, dudas que el ser debe asumir como dogmas. Pero mi cuerpo, mi mente, ya no pueden ceder.
Alguna vez creí en hombres y mujeres. Hoy me resulta más sencillo creer en un dios. Aunque distante, está más presente que todos esos amores diluidos entre traiciones y noches heladas.
Tengo más nostalgia atorada entre los dientes que palabras de amor bajo la lengua. Soy un torbellino de nada, un hoyo negro errante donde alguna vez brilló una estrella.
Me escondo detrás de mis ojos para dejar de verte. O los aprieto, hasta que olvidan cómo mirar.
Trato de limpiar, a diario, los rincones de mi cabeza donde alguna vez caminaste, donde te guardé pensando que ahí estarías por siempre.
Enjuago mi piel una y otra vez: con agua, con otros besos, con silencio, con oscuridad… algo que borre tu piel de mi piel, o los años que nos han sobrevivido.
Algunos días tomo mi corazón entre las manos, o lo que queda de él, y lo aprieto, para que no se desangre, para que no termine de desmoronarse.
El vacío me carcome. Desde el abdomen sube, serpentea el estómago, se enreda en la tráquea, y se queda en la garganta, estrangulando, jalando las lágrimas hacia adentro, hasta ahogarme.
Hace falta un poco de valor para cerrar la puerta, contundente y definitiva, alguno de esos días en que te vas, en que escurres tus días, tus tardes y tus noches sin mí, y caminas directo hacia ese cañón donde a diario te pierdes junto con toda verdad.
Qué difícil ha sido entender las contradicciones que habitan mi pensamiento, los sueños quebrados que vagan de tu cuerpo a la distancia, el límite difuso entre el amor y la traición. Llegar a esta síntesis del todo: de ti y de mí, del pasado y el futuro, resumidos en este momento presente.
Llegar al perdón, es encontrar una moneda oxidada, olvidada en el fondo del bolsillo, acariciada entre los dedos, pero que no quiero soltar.
Hoy te la extiendo, la dejo en tus manos, sin urgencia, sin otro afán que el adiós, como tregua, como paz. Úsala si quieres para pagar el peaje de aquel camino de cuota que siempre soñaste, o para tomar el último autobús hacia aquella estación lejana, que te conduzca a tu encuentro final con el olvido.
Me pregunto si esa mirada que lanza mi perro tendrá algún sentido oculto, si será similar a mis ojos de niño.
No me refiero a los ojos con que me miro desde adentro, como niño, sino a cómo yo miraba a mi padre durante mi infancia.
Si al mirarme pensará: «Aquí vamos de nuevo…» ¡Otro tequila! ¡Una cerveza más! ¡Más música! ¡Otras lágrimas!
Así me diluyo, a veces entre la noche, como una sombra que por fin fue alcanzada por la oscuridad de la que huía.
Otras veces, entre vasos vacíos que se apilan en el fregadero como monumentos pestilentes, inclinados hacia el olvido.
Me diluyo en mi propia sangre, y me recorro una y otra vez, sin encontrarme.
Quedo extraviado entre palabras que nunca digo, que agonizan tras los dientes, diluidas en saliva que solo tengo que tragar.
A diario, me derrito por las calles, voy dejando sobras de mí como una masa acuosa que se cuela entre las alcantarillas, por las grietas de las banquetas, hasta terminar siendo nada.
Y así me repito, día tras día, en un ciclo interminable, hasta llegar cada noche a ser la misma sombra, que se diluye otra vez en un vaso en su propia oscuridad.
El amor no alcanza para comprar una casa o para mantenerla de pie. Se puede derrumbar desde adentro si se visitan otras camas, si se regalan otros besos.
El amor no alcanza cuando no quieres que alcance, cuando escondes pretextos bajo la almohada para, cada noche, soñar con alguien más.
El amor jamás alcanza si ves en el otro un río sinuoso de dudas en el que no te atreves a navegar, y prefieres la comodidad de aquella nueva autopista, sin regreso.
El amor dejó de alcanzarnos aquel día en que te olvidaste de mí, cuando se fundieron las noches, cuando se confundieron tus instintos. Y tomé mi maleta, con mi ropa y los restos de mi amor mal doblado, que dejó de alcanzar.
Cuando, después de un balance, encontraste la bóveda de sueños vacía, contaste tantos años, revisaste las cuentas del banco, y determinaste que nuestro amor era una mala inversión.
Es tan curioso cuando me preguntan «¿Cómo estás?». Respondo con un discreto “bien, gracias”, y, por educación, pregunto lo mismo.
Entonces me ofrecen un discurso radiante sobre lo perfecta que es la existencia, lo extraordinario que resultó su día, cómo todas las piezas encajan y cuánto se debe agradecer a la vida.
Y pienso que debí ser honesto, y responder: hoy escribí dos poemas muy tristes, y eso fue grandioso. Sobreviví a otro día, eso resultó increíble. Hallé un fragmento de mi corazón entre los escombros de un recuerdo, y comprendí que aún me faltan muchas piezas por recuperar para re-unirlo.
Descubrí que aquel vacío que antes me llamaba desde la orilla de la colina, me lo tragué. Ahora lo bordeo a diario, con cuidado de no caer y quedar atrapado.
En realidad, debí responder que sí, en efecto, fue un día maravilloso.
El final es simple como un punto. No llega con fuegos artificiales ni en medio de un eclipse de luna, o como un trueno partiéndonos en dos. No llega con un último beso que se queda en reposo eterno sobre los labios. Ni con dos cuerpos desnudos enlazados, creyéndose perennes ante la vida.
Tampoco es como Casablanca, entre neblina, con un avión partiendo rumbo al destino. Ni como esos amantes que se besan frente al Sena, antes de emprender la huida a rincones distintos.
El final llegó cuando ella lo deletreó desnuda en los labios de otro hombre. Cuando, en noches de luna llena, yo invocaba a la tristeza y a la soledad, las invitaba a mi cama, para que me contaran historias en las que al final el amor no se destruye
En tanto, ella invitaba a nuestra cama al olor de la falsedad la humedad de la hipocresía y a su cuerpo vencido después del sexo en otra cama.
¿Cuántas lágrimas quedarán? ¿Cuántos llantos nocturnos se necesitan para disolver en la humedad de los ojos todos los recuerdos, el dolor, la traición, y esos años en que deposité toda mi fe en una urna dentro del cuerpo de una mujer?
Cada “lo siento” cada promesa, se desangraba con la luz del día. Tras cada mentira nueva, no tardaba en reventar la verdad, y todo dolía. Cada perdón que le otorgaba ella lo arrojaba al río muerto, del drenaje que todo lo pudría.
Cada semana, cada jueves, cada hora, me escupía a la sombra con una excusa gastada. Fueron tantos años en sus manos, en su cuerpo, entre sus pechos, dentro de ella.
Hasta que llegó aquella tarde en que supe que ya había elegido, que yo era solo un despojo, el desperdicio del amor. Y que aquella otra noche, como tantas, antes de arrastrarse hasta nuestra cama, su cuerpo había sido abierto, estrujado, por otro hombre.
Hoy no es que el olvido haya llegado con un borrador entre manos. Solo vino el cansancio, el peso de la derrota. Su mente fue tragada por otro mundo, y ella partió hace meses, hasta perderse en un mar donde mi barca ya no supo flotar.
Ojalá cada lágrima derramada extrajera tu esencia, hasta vaciarme de ti que su sal limpiara mi rostro, mi alma.
Ojalá cada palabra escrita te abandonara sobre el papel, como si solo al pensarte te desterrara de mi memoria, dejándote encerrada entre tinta y olvido.
Ojalá pudiera exprimir mi alma, aplastar mis ojos para evaporar todo vestigio tuyo.
Quiero mi mente y cuerpo sometidos a crioterapia, para congelar toda célula o neurona que te recuerde y verlas quebrarse, en miles de astilladas que el viento de los días se lleve.
Quiero quedar seco, desértico, sin una gota de ti. Borrar la marca que tus dedos y boca dejaron sobre mi piel.
Cauterizar las heridas que dejaste abiertas, cerrarlas con las brazas que me habitan.
Exprimir el dolor, hasta extraer toda tu savia, que por mis venas circunda
Hasta que algún día, no sé exactamente cuando, por fin, vuelva a sonreír.
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