Hoy desperté algunos versos que había bajo la lengua, de esos que no dicen nada pero quieren decirlo todo, para pegar gritos contra los letreros o lanzarse a todas las mujeres, que siguen de largo, para ver si así se quedan y luego se enamoran; o simplemente, regalarlos como flores a los niños que juegan en el parque y así descubran que existe la poesía.
También encontré otros versos para la luna, pero recordé que ella solo mira, que la mitifiqué, que es solo una piedra extraviada, roca esférica que observa, distante, cada error, y con horror, cómo caigo una y otra vez, cómo trastabillo de noche o de día y sigo a diario, entre tropiezos
Además, encontré unas palabras guardadas para describir cómo las manos se cansan a diario, y tiemblan, y la cabeza duele. Sé que algo pasa dentro que no quiero cuidar, que no quiero ver, como si al ignorarlo todo caminara más rápido hacia el precipicio que observo justo al centro de este laberinto.
Los meses corrieron para su concepción. Recuerdo el momento el día exacto, la noche, el instante preciso en que ella lo engendró.
En realidad, no fue por amor. Tomó su decisión por un despecho casi infantil, por una venganza freudiana en la que su pasado entró gritando. Su necesidad de atención, algunos traumas por abandono, y los narcisos que florecían aquella primavera fueron el ambiente perfecto.
Primero fue el sacrificio. Aquel pacto requirió que la luna, desnuda, se arrodillara lambiera otra piel succionara una nueva historia de aquel falo, abrió las piernas y la penetró aquel falso tótem disfrazado de esperanza.
Esa noche, la mujer extrajo el corazón al guerrero, quien observaba distante, detenidamente, aquel acto de liberación Aún sangrante, lo arrojó a las brasas, el cuerpo del guerrero derrotado lo tiró a los perros.
*
Entre el primer y tercer mes, contracciones inesperadas parecían que la vida lo abortaba. Llantos en el vientre, canciones melancólicas por el no nacer, por no ser recreado.
Aún no podía pensar, no sabía de destinos, sólo tenía el dolor que brotaba al tratar de volver a formarlo todo: labios, mirada, sueños la existencia misma
*
Los siguientes tres meses fueron para incubarlo, separado de aquel cálido y profanado vientre. Enviándolo lejos, con el cordón umbilical sangrante, revolcado entre tierra y semen.
No había mucha esperanza de vida. Sus ojos aún no se abrían, su boca, inundada de dudas, apenas si se abría. Los pulmones saturados de aire podrido, sus manos no lograban sostener nada. Eran resbaladizas, quebradizas.
*
Llegó el último trimestre. Hubo quien se atrevió a tomarlo entre sus manos y a decirle algunas tardes que valía la pena luchar, hacer un intento más. Él entendía que su corazón había sido sacrificado, que no era más que la reencarnación de aquel guerrero, en un nuevo inicio.
Hoy, tras nueve meses, nació lleno de sangre, enmantillado sin salir de su bolsa de su pedazo de vida sin querer saber lo que es volver a sentir,
Lleno de pre concepciones, con su memoria previa nublada por el dolor, desconfianza, miedo de volver a andar y el temor de volverse a dar.
El tiempo es traicionero, camina siempre dando la espalda, jamás se detiene, ni siquiera voltea la mirada de reojo.
Sigue de frente, sin saber hacia dónde, solo avanza. A veces tropieza, y aun así, a gatas, se aferra al camino. Otras veces se arrastra, parece inmóvil, pero jamás, ni un solo instante, se queda quieto.
Carga a algunos en hombros, a otros nos toma de donde puede y nos arroja a su viejo costal, arrastrándonos por ciudades, por caminos empedrados, por la vida misma, solo para recordarnos su inexorable voluntad.
No tiene piedad: no acelera el paso por quien agoniza, ni se detiene por quien debe despedirse mañana pero anhela quedarse.
Así lo vemos alejarse, estáticos, extraviados en los restos del ayer, un año atrás, o cinco, o diez.
Y él prosigue, inexorable, hacia su destino, hacia el vacío de la nada, donde, al final, se hunde en la relatividad de su propia existencia.
Todo se va. Los besos, las manos, los cuerpos. Todo lo que alguna vez parecía amarrado, enredado, se desmorona.
Las historias que juramos infinitas siempre tienen una última página, un final contundente, a veces trágico, a veces absurdo. Al cerrarse el libro, solo queda la contraportada, una foto, una historia huérfana.
No sé para qué sirven las promesas. Cimientos de arena, palabras huecas con las que se alimenta Doña Esperanza para no morir, para engordar hasta hartarse de sueños mientras la vida, anémica, agoniza.
Tantos cuerpos desnudos en autos, camas, hoteles. Tantos besos derramados, copas vacías, sábanas que ardieron hasta la tibieza del sexo, hasta el falso consuelo de unos senos.
Hoy son sombras, pieles deshabitadas, escombros, cenizas que el viento arrastra, no en torbellino, sino en un soplo leve, apacible, indiferente.
Me quedo solo, sin manos, sin piel. Apenas una sombra de mí mismo, una masa amorfa de recuerdos que sobrevive al día, hurgando en la memoria, como un mendigo, para demostrarse que alguna vez vivió.
Ojalá que la primera lluvia del año lave mi pensamiento, lave mi entrañas y borre, poco a poco, todo el pasado.
Que los recuerdos se diluyan entre la mugre de las banquetas, que se desprenda de mi memoria tu mirada, de mi boca el sabor de tu piel, de mis manos estas ganas de recorrerte
Que la espuma de las nubes deje mi mente en blanco, y aquellos truenos en el cielo sean como descargas eléctricas sobre todo mi cuerpo, ¡electrochoques! que me dejen sumergido, de pies a cabeza, en un vacío de pensamiento cercano al olvido.
Se me olvidó cómo decir “te quiero”. Aún recuerdo cómo se siente, lo que es querer, pero es solo una estancia vaga donde alguna vez habité.
Hoy sé que querer implica preguntas sin respuesta, dudas que el ser debe asumir como dogmas. Pero mi cuerpo, mi mente, ya no pueden ceder.
Alguna vez creí en hombres y mujeres. Hoy me resulta más sencillo creer en un dios. Aunque distante, está más presente que todos esos amores diluidos entre traiciones y noches heladas.
Tengo más nostalgia atorada entre los dientes que palabras de amor bajo la lengua. Soy un torbellino de nada, un hoyo negro errante donde alguna vez brilló una estrella.
Me escondo detrás de mis ojos para dejar de verte. O los aprieto, hasta que olvidan cómo mirar.
Trato de limpiar, a diario, los rincones de mi cabeza donde alguna vez caminaste, donde te guardé pensando que ahí estarías por siempre.
Enjuago mi piel una y otra vez: con agua, con otros besos, con silencio, con oscuridad… algo que borre tu piel de mi piel, o los años que nos han sobrevivido.
Algunos días tomo mi corazón entre las manos, o lo que queda de él, y lo aprieto, para que no se desangre, para que no termine de desmoronarse.
El vacío me carcome. Desde el abdomen sube, serpentea el estómago, se enreda en la tráquea, y se queda en la garganta, estrangulando, jalando las lágrimas hacia adentro, hasta ahogarme.
Hace falta un poco de valor para cerrar la puerta, contundente y definitiva, alguno de esos días en que te vas, en que escurres tus días, tus tardes y tus noches sin mí, y caminas directo hacia ese cañón donde a diario te pierdes junto con toda verdad.
Qué difícil ha sido entender las contradicciones que habitan mi pensamiento, los sueños quebrados que vagan de tu cuerpo a la distancia, el límite difuso entre el amor y la traición. Llegar a esta síntesis del todo: de ti y de mí, del pasado y el futuro, resumidos en este momento presente.
Llegar al perdón, es encontrar una moneda oxidada, olvidada en el fondo del bolsillo, acariciada entre los dedos, pero que no quiero soltar.
Hoy te la extiendo, la dejo en tus manos, sin urgencia, sin otro afán que el adiós, como tregua, como paz. Úsala si quieres para pagar el peaje de aquel camino de cuota que siempre soñaste, o para tomar el último autobús hacia aquella estación lejana, que te conduzca a tu encuentro final con el olvido.
Me pregunto si esa mirada que lanza mi perro tendrá algún sentido oculto, si será similar a mis ojos de niño.
No me refiero a los ojos con que me miro desde adentro, como niño, sino a cómo yo miraba a mi padre durante mi infancia.
Si al mirarme pensará: «Aquí vamos de nuevo…» ¡Otro tequila! ¡Una cerveza más! ¡Más música! ¡Otras lágrimas!
Así me diluyo, a veces entre la noche, como una sombra que por fin fue alcanzada por la oscuridad de la que huía.
Otras veces, entre vasos vacíos que se apilan en el fregadero como monumentos pestilentes, inclinados hacia el olvido.
Me diluyo en mi propia sangre, y me recorro una y otra vez, sin encontrarme.
Quedo extraviado entre palabras que nunca digo, que agonizan tras los dientes, diluidas en saliva que solo tengo que tragar.
A diario, me derrito por las calles, voy dejando sobras de mí como una masa acuosa que se cuela entre las alcantarillas, por las grietas de las banquetas, hasta terminar siendo nada.
Y así me repito, día tras día, en un ciclo interminable, hasta llegar cada noche a ser la misma sombra, que se diluye otra vez en un vaso en su propia oscuridad.
El amor no alcanza para comprar una casa o para mantenerla de pie. Se puede derrumbar desde adentro si se visitan otras camas, si se regalan otros besos.
El amor no alcanza cuando no quieres que alcance, cuando escondes pretextos bajo la almohada para, cada noche, soñar con alguien más.
El amor jamás alcanza si ves en el otro un río sinuoso de dudas en el que no te atreves a navegar, y prefieres la comodidad de aquella nueva autopista, sin regreso.
El amor dejó de alcanzarnos aquel día en que te olvidaste de mí, cuando se fundieron las noches, cuando se confundieron tus instintos. Y tomé mi maleta, con mi ropa y los restos de mi amor mal doblado, que dejó de alcanzar.
Cuando, después de un balance, encontraste la bóveda de sueños vacía, contaste tantos años, revisaste las cuentas del banco, y determinaste que nuestro amor era una mala inversión.
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