El olvido sabe a ajenjo
al deslizar el trago amargo,
en espera de que cada hada
haga su trabajo
sobre la memoria corroída.
Que se borren tus pisadas,
labios,
senos,
piernas,
el olor a sexo derretido en la boca.
Que todo se diluya en la amargura,
que tanto calles como ciudades
se incineren
junto a los sueños que se jodieron.
Cuánta mierda embarrada
sobre las paredes del cráneo,
esperando ser removida
con una cuchara como espátula
y algunos hielos
deslizados sobre la sinapsis,
para congelarla
y evitar toda conexión neuronal
que me remita a aquel hoyo
donde se pudrían
mi cuerpo y el amor
a un costado de tu cama,
mientras dormías
y soñabas con el cuerpo de aquel imbécil,
menos imbécil que yo,
a quien elegiste como escape.
Así, el hada verde adormece la lengua,
pero no la mano que escribe,
ni la mente,
ni el mierdero que dejaste atrás
para fingir ante el mundo
que nada pasó.
Solo la triste historia de un imbécil
que enloqueció cuando te supo
cogiendo con alguien más.













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