Jamás seremos los que queríamos ser. Tomaremos caminos opuestos. A veces voltearás, y me mirarás; quizá yo también, te devuelva la mirada dando traspiés —como es mi maldita costumbre— . Ya no invocaré tu nombre. Te habrás perdido entre los pirules, caminarás de la mano de alguien más y tal vez tu vientre florezca, como siempre lo soñaste.
Quizá aquel último abrazo, largo y sin palabras, y esos besos apresurados a mitad de la tarde, de aquel lunes, gritábamos con cada célula: “así se siente el final”.
Yo me quedaré apostando con el Destino, entre nuevas promesas y besando algoritmos. Te miraré desde lejos, imaginando que a veces, solo a veces, deambulo por tus sueños como un fantasma silente de dientes apretados.
Los días, los años, esa masa amorfa de tiempo, espacio y sentimientos siempre fundidos, confundidos, se irá diluyendo entre hielo, el amargo del vodka y miles de recuerdos al filo de este precipicio que tuve que llamar olvido.
Al fin llegó el día que nos dejamos de hablar tras doce años de mensajes de llamadas infinitas finalmente el amor se quedó sin saldo.
No importa cómo llegamos hasta aquí tal vez fui yo regalándote un mundo de amor que me parecía perfecto pero no era solo “mi mundo” no el tuyo no el que soñabas te di un mundo imperfecto impostor que se fue haciendo cada día más y más pequeño hasta que solo cabías tú.
O tal vez fuiste tú huyendo de mi nano planeta en el que reinabas entre lodo y caminos extraviados Seguramente fue ese día en que creíste en un juglar que te prometió galaxias a cambio de tu intimidad y al final solo te dio bocetos inconclusos que no llegaron a ser.
Quizás, solo quizás fueron las fotos que no compartí en Instagram o el dinero que se iba entre pensiones que borraban los últimos residuos de pasión que albergaba tu vientre.
No sé si fuiste tú y la necesidad de atención y mi falta de atención o mi vacío nocturno vaciando cervezas llorando canciones mientras tú llorabas sin entender la melancolía que me habitaba y querías entenderme y que yo te entendiera mientras permanecías encerrada en nuestra habitación.
Tal vez nuestros cuerpos fueron insuficientes para sostenernos Ni tu ni yo fuimos Atlas para soportar el peso de nuestro mundo en el que ni los besos, el sexo, la risas importaron a la hora de decidir.
Tal vez fue la cama que se derrumbó al no soportar al guey que pusiste entre los dos O cuando, le endosaste nuestra historia a la vida a cambio de una supuesta historia mejor.
Fue tanto lo que hicimos o no hicimos para que al final nuestro amor se quedara sin saldo.
Anoche dormí bien, es más, puedo decir que descansé. Cerré bien la ventana, aquella por donde se cuela el viento que soplas en mi oído, para pronunciar tu nombre una y otra vez, solo que esta vez, lo dejé pasar de largo por la calle.
Luego atoré bien la cortina, para que ni la luz de la calle, ni los seguidores que iluminan el cielo y me avisan de tus bombardeos, irrumpieran en mi habitación y trastocaran la paz de mi oscuridad.
Apagué lentamente tu recuerdo, borré la sensación de tus senos entre mis manos, o la humedad de tu boca y su lengua escurridiza, todo se fue extinguiendo.
Sin embargo, sabía que al despertar regresarías con alguna nueva historia por entretejer, con un nuevo acertijo por resolver, para de nuevo enredar mi mente por días hasta lanzarme a la desesperación, lejos de todo entendimiento.
Pero esta vez no me quise ahogar en la ola de incertidumbre con la que sueles azotar e inundar mis días. Esta vez me puse a salvo. Caminé por días, tal vez meses, hasta alcanzar una buena altura, lejos de la planicie de tu amor. Inalcanzable para el mar que azota, que todo destruye y se aleja después, llevando consigo restos, rastros, todo remedo de civilización que construyo y tú destruyes.
Anoche dormí profundamente. Sin tus traiciones. Es más, en sueños, estoy seguro de que besé a alguien más. Dejé de necesitar tu presencia, tu cuerpo como adicción a mi lado.
Desperté en paz, con ganas de andar por la calle, si no lanzando besos, al menos un poco sonriente, no mucho, pero sí sonriente lo suficiente como para demostrar a mí y al mundo, lo que ya sabíamos: que tu solita decidiste irte al carajo.
Alguna vez amé a alguien, y probablemente alguien también me amó. Me es difícil lanzar al olvido esas mujeres que aún rozan la piel de la memoria aunque ellas —seguramente— ya me hayan olvidado.
Es egoísta imaginar que aún piensen en encuentros furtivos, en pasados entre sábanas, entre el sabor amargo del vodka y la cerveza.
Todos somos pasado para alguien, como ese alguien, casi sin notarlo, se convierte en pasado dentro de nosotros.
Hay noches en que lanzo besos al olvido, en madrugadas tristes y frías, esperando que alguno caiga en los labios correctos: los de alguien que aún no me haya olvidado.
Hoy somos nada ante aquellos ojos para los que alguna vez fuimos todo. Carne seca para quien fuimos labios y humedad.
Aunque a veces, a la distancia los confundamos con manantiales la vida sella aquellos pozos oscuros con lozas de infortunios.
Definitivamente, el amor es un juego en el que el tiempo juega apuestas con la eternidad, mientras las efímeras sonríen despectivas.
Fueron demasiadas noches escondido en la oscuridad, en que la piel perdió color, dejó de sentirse lubricada por otra piel, en particular por tus besos. Ese que era contigo, con otros se adhirió a los huesos, al alma. Me arrastré por la tierra, contra el asfalto de las calles, queriendo desprender aquel que solía ser.
Me pregunto cuántas capas de dermis debo arrancar para encontrarme.
¿Cuántas pieles pegué a mí? ¿En cuántos cuerpos me fundí, me confundí, creyendo ser yo en ellos, buscándome en ellas?
Me duelo al buscarme, al no hallarme, extraviado entre todos los que fui, entre los que quise ser.
Hoy no sé exactamente en dónde quedé, si existo, si quedan restos de mí bien adentro.
Este que fui contigo, esta piel que tú dejaste, se secan, entre las costras sangrantes que tus besos dejaron, con llagas que escurren la pus pestilente de tus mentiras.
Tal vez tú seas la herida que más duele al ser arrancada, porque transmute en otro para ti.
Pero quizás, luego de arrancarla, de arrancarte, emergeré ya con mi piel real, esa que no necesita de alguien más, de trasplantes innecesarios, de mujeres que la habiten o serpientes que me enreden y me sumerjan de nuevo en la confusión.
Las últimas luces del día, ¿cuánto durará el insomnio esta noche? Mi lengua, pesada por las palabras, todas esas palabras que carga, que se guarda, hasta que un día explota y no soporta volver a encontrar, a sentirte embarrada de mentiras.
Jugando otra vez, a fingir, a hacerte pasar por alguien más, mientras buscas aprobación y llenar tus vacíos con otros hombres.
Otra vez desperté asqueado, con el orgullo herido atorado en la garganta y ganas de sacar de mí todos los restos de ti que dentro de mí quedan.
Es curioso cómo ya no necesito del tequila y la cerveza ante las decepciones que causas, cómo mi cuerpo, mi mente, se habituaron a tus falsas promesas, que cada vez que se rompen, solo sonrío irónicamente.
Así, hoy, decidí dejar la botella abierta para que te evapores con las últimas gotas del alcohol que ya no bebí.
La traición camina lenta por tus venas, habita tus células, es parte de tu mirada, y la guardas entre las vocales de cada una de tus palabras.
Hoy emprendo el camino final: no quiero tu voz que disfraza, ni tus manos que ocultan, ni tus palabras que esconden, ni tu cuerpo que desea a alguien más.
Me quedo con mi soledad, con mis vacíos para llenarme solo, con la decepción tras de mí por haber confiado en ti.
Te dejo con los ojos que buscas para mirar tus senos, con otros oídos que confíen en tus falsas palabras. Te quedas con tus propios vacíos, para que, aún sin aceptarlos, sigas jugando en otros cuerpos, en otras manos, con otros días, intentando llenarlos.
Mañana cíclica de lunes, con sol de primavera y frío que hiela huesos, mente y espíritu.
Hoy la vida sigue sin ti, como la tuya sin mí también. Nada de lo que soñamos como futuro llegó con el futuro.
Ni tú estás en este lunes, como seguramente, algún día, dejaré de estar por siempre en todos los lunes y en todos tus futuros.
Poco a poco dejo de buscarte entre las sombras, en esos cuerpos que no son el tuyo, en otros labios, en las noches.
Aunque aún hay días en que apareces, a veces como viento de verano, en otros, como huracán que todo arrasa y me arrastra de nuevo por el mismo círculo de reproches y dudas.
Tu búsqueda continúa ahora, en tu soledad, en aplicaciones de citas. Antes, incluso estando conmigo, en otras camas, en otros cuerpos.
Hoy me pregunto si el vacío que te devora, para seguir con la búsqueda, te lo provoco yo o ha sido siempre tuyo
Sé que los lunes como hoy, seguirás buscando a alguien que te ame como yo, pero que no sea como yo; que no tenga metida la tristeza en los huesos, que no te vea con dolor. Que no tenga nada que perdonar con la memoria en blanco, alguien dispuesto a rendirse ante ti como algún día lo hice yo ante tus labios ante tu cuerpo ante tu soledad.
Porque el amor no se deja escurrir como agua helada entre los dedos; se sostiene firme, se cuida, se protege.
No se deja caer a los pies de un extraño para que lo patee por calles y monumentos y luego presuma haberlo roto.
No es amor cuando lo llevas a otra cama, a otras manos, a otros labios y regresas a casa como si nada.
Al amor no se le pone bloqueo, ni se esconde entre mensajes borrados a media noche, ni se disfraza de adioses inexistentes para de nuevo volver a sus brazos.
No es amor cuando abres un abismo y te quedas mirando cómo el otro cae hasta lo más profundo mientras tú ni te inmutas.
El amor no juega con falsas palabras, ni se esconde detrás de dudas sembradas para confundir.
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