Porque el amor no se deja escurrir como agua helada entre los dedos; se sostiene firme, se cuida, se protege.
No se deja caer a los pies de un extraño para que lo patee por calles y monumentos y luego presuma haberlo roto.
No es amor cuando lo llevas a otra cama, a otras manos, a otros labios y regresas a casa como si nada.
Al amor no se le pone bloqueo, ni se esconde entre mensajes borrados a media noche, ni se disfraza de adioses inexistentes para de nuevo volver a sus brazos.
No es amor cuando abres un abismo y te quedas mirando cómo el otro cae hasta lo más profundo mientras tú ni te inmutas.
El amor no juega con falsas palabras, ni se esconde detrás de dudas sembradas para confundir.
Te he sacado de mí entre la angustia de cientos de noches, entre el insomnio bañado en millones de lágrimas que caen sobre una noria hasta volverse eternas.
Te he sacado de mí desde el dolor de cientos de recuerdos inútiles, entre la ansiedad diluida en litros de mentiras que recorren las venas como un circuito infinito.
Te he sacado de mí con la sangre de decenas de heridas, entre la locura contenida tras las paredes del cráneo que rebota como agujas, entre historias sin final.
Te he sacado de mí en el sudor de este cuerpo que se derrite, con la tristeza acumulada de pies a cabeza que me arrastra por las calles como una carroza que no encuentra mi tumba.
Te he sacado de mí desde el adiós como el alma que se desprende para transmutar cuando, en los brazos de otro hombre, descubriste que no me necesitabas.
Yo era una vieja caja fuerte, de esas grandes. No recuerdo si de acero o madera, pero encerraba mi dolor, mis sombras y miedos, lo más oscuro y triste de mi ser. Una melancólica caja de Pandora.
Un día, sin saber cómo, te di la combinación, aquella que juntaba números, canciones, poemas, besos, caricias y confianza. Con ella entrabas y sacabas cosas, me abrías y cerrabas a tu antojo.
Hasta que un día decidiste volarme en pedazos, liberando todos mis miedos, aquellos temores, como el abandono que desde niño me acompañaba.
Hiciste mis monstruos realidad al cambiarme por alguien más sustituir mis besos, mis manos, mi cuerpo.
Una y otra vez cada cosa, idea y pensamiento, los usaste para destruirlo todo.
Entonces, las sombras deambularon por mis noches, el dolor quedó vertido en mi torrente, circulando por mi ser a diario.
Aquella explosión fue un volcán, con otro hombre hundido en ti, mi corazón dejó de derramar sangre que se hizo lava, mis lágrimas, con el tiempo solidificaron aquel magma sangrante.
Hasta cicatrizar cada hueco que abandonaste, cada herida, se hicieron piedra: Primero ardiente. Luego tibia. Hasta volverse negra, rugosa y helada.
Ya no hay caja fuerte ni volcán solo queda este ser que camina con la dermis invertida, con el temor convertido en rabia. Y el amor… el amor se hizo ceniza, toneladas de cenizas que lancé al viento, para ser arrastradas a miles y miles de kilómetros, y así, asegurarme de que jamás vuelvan a mi piel a mi ser.
Esa luna que aparece de día y se queda mirando, aunque en realidad no mira nada; soy yo quien la observa.
Ella solo es una arista extraviada, una roca desprendida que se quedó ahí, lejos, sin poder partir, fingiendo ser estática.
Parece dar siempre la misma cara, pero al voltear en la oscuridad muestra su otro rostro, escondido, distante.
Ahora mi corazón late como fuego, como brasas crujiendo entre las manos. Arde entre llagas, entre los trozos de mi piel desprendida, desgarrada, y el desagradable olor de piel quemada.
Hoy abrí los ojos y me ardió el pecho. Por un instante, pensé que eran las reticencias que aún quedaban de ti dentro de mi corazón roto.
Pero descubrí que eran esquirlas, las que dejó tu traición en la profundidad de mi alma y que no pude extraer.
Sentí ese dolor que llega con el frío, sobre las heridas que dejaste. Cuando las nubes lo cubren todo, el leve viento de la mañana me recuerda que ya no estás y el porqué de tu ausencia.
Llegó la falta de tu cuerpo, cuando el agua de la regadera caía, y recordé que el altar de tu piel fue profanado por otras manos, por otros labios.
Tal vez ese altar jamás fue solo mío.
Hoy tu boca ya no está en mi boca, y en lugar de tu lengua, por mis labios, por mi lengua, se desliza cada mañana la amarga y seca sensación de la fluoxetina.
Que entra en mí para perseguir demonios, atarlos a tu recuerdo y hundirlos en el fondo del olvido.
En ese olvido temporal, donde saco la voluntad para estar vivo un día más.
Hoy desperté algunos versos que había bajo la lengua, de esos que no dicen nada pero quieren decirlo todo, para pegar gritos contra los letreros o lanzarse a todas las mujeres, que siguen de largo, para ver si así se quedan y luego se enamoran; o simplemente, regalarlos como flores a los niños que juegan en el parque y así descubran que existe la poesía.
También encontré otros versos para la luna, pero recordé que ella solo mira, que la mitifiqué, que es solo una piedra extraviada, roca esférica que observa, distante, cada error, y con horror, cómo caigo una y otra vez, cómo trastabillo de noche o de día y sigo a diario, entre tropiezos
Además, encontré unas palabras guardadas para describir cómo las manos se cansan a diario, y tiemblan, y la cabeza duele. Sé que algo pasa dentro que no quiero cuidar, que no quiero ver, como si al ignorarlo todo caminara más rápido hacia el precipicio que observo justo al centro de este laberinto.
Los meses corrieron para su concepción. Recuerdo el momento el día exacto, la noche, el instante preciso en que ella lo engendró.
En realidad, no fue por amor. Tomó su decisión por un despecho casi infantil, por una venganza freudiana en la que su pasado entró gritando. Su necesidad de atención, algunos traumas por abandono, y los narcisos que florecían aquella primavera fueron el ambiente perfecto.
Primero fue el sacrificio. Aquel pacto requirió que la luna, desnuda, se arrodillara lambiera otra piel succionara una nueva historia de aquel falo, abrió las piernas y la penetró aquel falso tótem disfrazado de esperanza.
Esa noche, la mujer extrajo el corazón al guerrero, quien observaba distante, detenidamente, aquel acto de liberación Aún sangrante, lo arrojó a las brasas, el cuerpo del guerrero derrotado lo tiró a los perros.
*
Entre el primer y tercer mes, contracciones inesperadas parecían que la vida lo abortaba. Llantos en el vientre, canciones melancólicas por el no nacer, por no ser recreado.
Aún no podía pensar, no sabía de destinos, sólo tenía el dolor que brotaba al tratar de volver a formarlo todo: labios, mirada, sueños la existencia misma
*
Los siguientes tres meses fueron para incubarlo, separado de aquel cálido y profanado vientre. Enviándolo lejos, con el cordón umbilical sangrante, revolcado entre tierra y semen.
No había mucha esperanza de vida. Sus ojos aún no se abrían, su boca, inundada de dudas, apenas si se abría. Los pulmones saturados de aire podrido, sus manos no lograban sostener nada. Eran resbaladizas, quebradizas.
*
Llegó el último trimestre. Hubo quien se atrevió a tomarlo entre sus manos y a decirle algunas tardes que valía la pena luchar, hacer un intento más. Él entendía que su corazón había sido sacrificado, que no era más que la reencarnación de aquel guerrero, en un nuevo inicio.
Hoy, tras nueve meses, nació lleno de sangre, enmantillado sin salir de su bolsa de su pedazo de vida sin querer saber lo que es volver a sentir,
Lleno de pre concepciones, con su memoria previa nublada por el dolor, desconfianza, miedo de volver a andar y el temor de volverse a dar.
El tiempo es traicionero, camina siempre dando la espalda, jamás se detiene, ni siquiera voltea la mirada de reojo.
Sigue de frente, sin saber hacia dónde, solo avanza. A veces tropieza, y aun así, a gatas, se aferra al camino. Otras veces se arrastra, parece inmóvil, pero jamás, ni un solo instante, se queda quieto.
Carga a algunos en hombros, a otros nos toma de donde puede y nos arroja a su viejo costal, arrastrándonos por ciudades, por caminos empedrados, por la vida misma, solo para recordarnos su inexorable voluntad.
No tiene piedad: no acelera el paso por quien agoniza, ni se detiene por quien debe despedirse mañana pero anhela quedarse.
Así lo vemos alejarse, estáticos, extraviados en los restos del ayer, un año atrás, o cinco, o diez.
Y él prosigue, inexorable, hacia su destino, hacia el vacío de la nada, donde, al final, se hunde en la relatividad de su propia existencia.
Todo se va. Los besos, las manos, los cuerpos. Todo lo que alguna vez parecía amarrado, enredado, se desmorona.
Las historias que juramos infinitas siempre tienen una última página, un final contundente, a veces trágico, a veces absurdo. Al cerrarse el libro, solo queda la contraportada, una foto, una historia huérfana.
No sé para qué sirven las promesas. Cimientos de arena, palabras huecas con las que se alimenta Doña Esperanza para no morir, para engordar hasta hartarse de sueños mientras la vida, anémica, agoniza.
Tantos cuerpos desnudos en autos, camas, hoteles. Tantos besos derramados, copas vacías, sábanas que ardieron hasta la tibieza del sexo, hasta el falso consuelo de unos senos.
Hoy son sombras, pieles deshabitadas, escombros, cenizas que el viento arrastra, no en torbellino, sino en un soplo leve, apacible, indiferente.
Me quedo solo, sin manos, sin piel. Apenas una sombra de mí mismo, una masa amorfa de recuerdos que sobrevive al día, hurgando en la memoria, como un mendigo, para demostrarse que alguna vez vivió.
Ojalá que la primera lluvia del año lave mi pensamiento, lave mi entrañas y borre, poco a poco, todo el pasado.
Que los recuerdos se diluyan entre la mugre de las banquetas, que se desprenda de mi memoria tu mirada, de mi boca el sabor de tu piel, de mis manos estas ganas de recorrerte
Que la espuma de las nubes deje mi mente en blanco, y aquellos truenos en el cielo sean como descargas eléctricas sobre todo mi cuerpo, ¡electrochoques! que me dejen sumergido, de pies a cabeza, en un vacío de pensamiento cercano al olvido.
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