Todo el silencio se mete por mis oídos, como un enorme vacío que devora mi mente. La oscuridad se hace inmensa, más inmensa que la noche misma; se funde con mis ojos, con mi mente. Todo se ahoga en aquella espesura irrespirable, intransitable.
El corazón se quiebra más y más. No le bastó a la vida, a algunas personas, romperlo; había que molerlo, no dejar rastro de que algún día existió. ¿Qué hacer cuando aquel corazón, aquel amor que emanaba de él, regulaba mi vida, viajaba diluido en mi sangre, intervenía en la sinapsis, salpicaba cada acto, cada palabra?
Yo te busco a veces en algunas cosas que se impregnaron de ti, como mi mente, mientras tú sigues buscando, una y otra vez, en tu reflejo sobre algún nuevo río.
Cuando el punto final llega a veces no tiene sentido, y no se sabe si sentirlo o sí prolongarlo eternamente, como una línea punteada que se corta y retorna, entre despedidas que no acaban, entre adioses que se vuelven eco.
Hay quien como tú, por miedo, o por no saber mirarlo a los ojos, buscó el punto final en el cuerpo de un extraño. Dejaste que la relación fuera perforada hasta lo profundo, al abrir las piernas rompiéndote, rompiéndonos. Traicionaste con la excusa en la boca, y escondiste valores bajo un manto de pretextos y senos manoseados.
Yo lo busqué entre tequila y cervezas, nostalgias nocturnas, en el eco de risas rotas, o en poemas que intentaron decir y al final no dijeron nada.
Pero el Fin, tarde o temprano, asomó su cabeza de verdugo. Con el nombre de un extraño pegado a tus labios, y en el fondo vacío de una botella, terminó por meter el pie a nuestras historias, empujarlas al abismo, y romperlas en mil pedazos.
Cuando el corazón se quiebra, se rompen las piernas, la cabeza se desarticula, y los disfraces caen al suelo. La desnudez traspasa la piel: no quedan caretas, ni abrigos que protejan del frío. La más leve brisa rasga los huesos, y toda mirada ajena se vuelve juicio. Las creencias, incertidumbre; los besos, labios agrietados. Voy descalzo por el camino, con este nuevo andar. La espalda, hecha trizas, de tanto arrastrarme a gatas por lodo y tierra, buscando piezas esparcidas de mi cuerpo, de mi espíritu, con la voluntad hecha polvo y la autoestima devaluada.
Terminé revolcado en las banquetas, nuestra historia, que creí eterna, embarrada en otras camas, entre sábanas ajenas, mientras yo, durante cien noches, me vertí en lágrimas sobre la almohada. Huesos, sangre, sudor: todo se mezcló. El aire, navajas. Tu mirada, un abismo distante. Todo cambió. Los colmillos crecieron, la tristeza ensanchó mi mirada. Aún quedan piezas sueltas de mi vida regadas sobre tu piel y en mi memoria. Otras, se perdieron para siempre, y será el olvido quien las recoja.
Jamás volveré a ser el mismo. Nadie volverá a tomar de mí la vida que solía regalar en costales desfondados. Aquel que veía en unos ojos la eternidad de la vida, sin importar la muerte, ahora es sólo composta que la vida dejó. Hoy el paisaje es otro. Habito otra ciudad, otra alma. Mi voluntad, que se despidió hace meses, aún no regresa. La sangre ya no brota entre lágrimas nocturnas, ni la oscuridad me sirve otra cerveza y un tequila más.
Hoy busco dormir solo. La cama vacía ya no pronuncia tu nombre, aunque algunos sueños aún murmuran oraciones a tu cuerpo desnudo. Mis dientes, aún apretados, esperan: ¿Esperan volver? ¿A ti, a mí? ¿O simplemente partir? Tal vez algún día retome el paso, con un cuerpo y un espíritu otra vez completos. Cada fragmento, cada trozo de mi todo, se unirá con filamentos de oro para formar un nuevo ser, indivisible, finalmente.
Hace seis meses desperté en un mundo diferente. ¿O tal vez era el mismo? pero devastado, irreconocible. Las calles sangraban entre grietas, el suelo era una plancha rota y cada paso me conducía a la nada. La lava del dolor se desbordaba por puentes y avenidas, hacía un torrente hirviente de desolación.
Mi mirada, extraviada; mi mente, minada. Mis manos temblando por meses, y de mis ojos lágrimas, purulentas, de lodo, de sangre, de sal.
Te desplomaste de tu altar frente a mí. Eras roca, que ya no sostenía, te hiciste polvo. Tu acto deliberado de traición. Quedaste ahí, destruida, irreparable, como la ruina de mi mundo en ruinas Tú, que dormías a mi lado, que llamé amiga, confidente, te precipitaste en el barranco del olvido y me arrastraste contigo, al desfiladero de la angustia.
Te perdí tantos días. No solo aquel 13 de junio. Te perdí mucho antes, en cada decisión que tomaste dando la espalda a nuestra historia, en cada beso que diste como si yo no existiera, en cada caricia de él sobre tu piel, en cada mentira que tejiste con tus labios.
El fin del mundo llegó para mí como un invierno nuclear. Mi mente, un reactor colapsado. Mi piel, desgarrándose podrida Tu cuerpo, tu alma, mi Chernóbil.
Esa vieja inquilina, la Soledad, que por meses me habitó, cedió finalmente ante mi obsesión por seguir vivo. Se fue algo triste, como siempre, y aunque dijo “nos vemos pronto”, fue ella misma quien quitó el cerrojo para partir a la mitad de la noche, por aquella puerta desvencijada de la memoria. El olvido aguardaba desde hacía semanas, ese viejo amigo con su gabardina y su sombrero alto de copa. Esperaba afuera, sabiendo que tarde o temprano llegaría su momento. Se asomaba por la ventana, como para recordarme su presencia, como para susurrarme: “Cuando lo necesites, entraré sin preguntar”. Me resistía a dejarlo pasar. Quería conservar el olor de su piel, el sabor de su sexo, el eco de su risa, pero me di cuenta: ella ya había dejado que todo se extraviara hace meses. Su piel había dejado de ser mía, su pecho y su sexo fueron territorio de alguien más. Guardaba en su mente reproches, pretextos gastados, y un puñado de razones que justificaban por qué sus piernas cedieron y otro cuerpo la penetró. El olvido llegó, y trajo consigo tantas proyecciones, tantas repeticiones, bucles interminables en los que me dejó por meses, para explicarme una verdad insalvable: ella, desde hacía mucho, desde hace años, había comenzado a olvidarme.
Los sueños pueden durar años, pero al final parecen tan solo unos cuantos días en la historia lineal de la vida.
No puedo distinguir si dormía, si aquello fue parte de la realidad o si la realidad es ahora una pesadilla.
Lo malo de cumplir sueños es que la voluntad se hizo a la idea, se acomodó en un sillón y me observó jugar a vivir con ilusiones como canicas.
Las lancé a la tierra, queriendo sustituir otras, golpeando una contra otra. ¡Traz! ¡Traz! Intentando acertar en aquel diminuto hoyo al centro de un cuadrado en la tierra, llamado felicidad.
Un día, luego de años, desperté y descubrí que el otro lado de la cama se había vaciado, que las ilusiones se evaporaron, como sudor nocturno y mis dedos ya no tienen canicas.
Los juegos se quedaron en la infancia, entre ensoñaciones se quedó tu piel junto con aquella que fuiste antes de hoy. Ahora los sueños necesitan terapia, mi cabeza, Prozac; mi cuerpo, tequila y cerveza. Para poder tragar de golpe esta nueva pesadilla llamada realidad.
La tristeza me domina, pies fríos, alma helada, la vida, noria gastada, ciclo que no termina. Un «no» y un «sí”, diario gritan mi existir desvanecido. No estoy muerto, sobrevivo el olvido no me alcanza, ni tampoco la esperanza solo sentir sin sentido.
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