Esa vieja inquilina, la Soledad, que por meses me habitó,
cedió finalmente ante mi obsesión por seguir vivo.
Se fue algo triste, como siempre,
y aunque dijo “nos vemos pronto”,
fue ella misma quien quitó el cerrojo
para partir a la mitad de la noche,
por aquella puerta desvencijada de la memoria.
El olvido aguardaba desde hacía semanas,
ese viejo amigo con su gabardina
y su sombrero alto de copa.
Esperaba afuera,
sabiendo que tarde o temprano
llegaría su momento.
Se asomaba por la ventana,
como para recordarme su presencia,
como para susurrarme:
“Cuando lo necesites,
entraré sin preguntar”.
Me resistía a dejarlo pasar.
Quería conservar el olor de su piel,
el sabor de su sexo,
el eco de su risa,
pero me di cuenta:
ella ya había dejado que todo
se extraviara hace meses.
Su piel había dejado de ser mía,
su pecho y su sexo
fueron territorio de alguien más.
Guardaba en su mente reproches,
pretextos gastados,
y un puñado de razones
que justificaban
por qué sus piernas cedieron
y otro cuerpo la penetró.
El olvido llegó,
y trajo consigo tantas proyecciones,
tantas repeticiones,
bucles interminables en los que me dejó
por meses,
para explicarme una verdad insalvable:
ella, desde hacía mucho,
desde hace años,
había comenzado a olvidarme.




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