Las manos tiemblan,
casi imperceptibles.
Tiempo estático, cíclico,
retorna una y otra vez
al mismo espacio,
a los mismos labios
que traicionan,
que raspan como lija mi dermis
y dejan la piel viva.
De nuevo huyo buscando otro cuerpo.
Dedos entumecidos,
que dejan de escribir;
madrugadas como desfiladeros
en los que me precipito.
Mi cuerpo se retuerce,
expulsa lo que queda de ti.
Historias enviadas al drenaje,
soy este que anda,
que bebe y piensa
ya sin sentir.
Hoy llegas de nuevo,
desnuda,
empapada de mentiras
que finjo ignorar.
Al escurrir entre mis manos
buscas refugio en mis brazos,
brazos ya inexistentes
porque tú los cortaste.
Un adiós yace latente
en labios que se desmoronan,
entre el silencio de lo inevitable.
El olvido nunca acude
para llevarse el recuerdo
de tu cuerpo desnudo en otras manos,
cuando aún regresabas a mi lado.
Así que solo espero,
no sé si mañana,
cuando llueva,
al doblar la esquina,
al regresar a la cama vacía.
Algún día, o una noche,
por fin,
no sé cómo
ni de qué forma,
pierdas
y finalmente te extravíes
junto con todo lo que duele.




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